Los nuevos empresarios del café ruedan por el mundo haciendo negocios, hablando en público en otros idiomas y moviendo sus mercados en las redes sociales. El quindiano José Julián Giraldo, de Café 1959, es uno de ellos. Foto cortesía de Café 1959.

Quinientas mil familias cafeteras colombianas (muchas de ellas amenazadas por el hambre y la pobreza) están nuevamente enfrentadas a una crisis.

El viacrucis incluye: bajos precios internacionales; cuentas en rojo; un grotesco porcentaje de participación en un negocio dominado por emporios globales; importación de cafés baratos por parte de los tostadores nacionales para atender una demanda inspirada en el volumen y no en la calidad (porque los mejores granos se exportan). Y peor aún, inexistencia de una política de Estado que enderece todos estos palos torcidos.

En este túnel negro, aparentemente sin fondo, brilla en la distancia un candil alimentado por los mismos hijos de estos caficultores, quienes dijeron, “no más”.

Todos se han formado en distintas disciplinas y se han dedicado a investigar qué es lo que el mercado actual pide y valora. En vez de producir para luego salir a vender, ahora investigan los mercados, examinan la demanda de productos y estilos. Para entender qué venden, se han titulado como expertos catadores.

Se valen de una insaciable sed de investigación y echan mano del mundo digital y de las redes sociales para aprender, anticipar tendencias, innovar y diseñar modelos de negocio únicos, basados en cafés diferenciados por su origen, por su altitud, por sus métodos de elaboración, y por unas condiciones que ellos imponen.

Se contactan con sus compradores, sino también con los consumidores. Hace menos de diez años este estilo de trabajo era impensable. Aquí, Giraldo, con su esposa, María Jimena Rivera. Foto cortesía de Café 1959.

Estos nuevos chicos y chicas del café desafían la noción de tener que ir por el mundo con sombreros y alpargatas, y van armados de celulares, tabletas y portátiles. Tienen oficinas propias en Asia, Estados Unidos y Europa, y examinan palmo a palmo distritos, ciudades, vecindarios, tratando de conocer a fondo los tinglados donde van a operar. 

No dependen de cuotas ni de directrices institucionales, sino que asumen el riesgo de cultivar en suelo colombiano todo aquello que los mejores compradores exigen (no sin perder plata y tiempo en el camino, hasta aprender las lecciones de la experiencia).

Utilizan bodegas con altos estándares de mantenimiento y cuidado del producto. Exportan en cajas etiquetadas con detalles del producto y su imagen de marca. Foto cortesía de Café 1959

Su portafolio incluye cafés naturales, honey (rojos, amarillos y negros), con fermentación carbónica, con levaduras controladas, mezclas y manejos especiales de las variedades tradicionales. Sus cafés están cargados de fragancias y aromas florales, frutales, especiados y avinados, y de una elegancia seductora. 

En sus portafolios hay nombres como Geisha, Java, Mokka, Borbon Cidra, Wush Wush, Laurina, Sudán Rume, Maragogippe, Pacamara, Bourbon Rosado, Típica Mejorado.

Entre los más creativos existe una línea permanente de comunicación. Chatean todo el tiempo, se visitan, intercambian datos y aprendizajes, buscan tesoros en los recodos de las cordilleras, aprovechando las ventajas de un país con seis pisos térmicos y cientos de microclimas. Andan a pie, a caballo, en jeep y en avión. Y pagan bien a los cultivadores. 

Felipe Sardi no sólo ha alcanzado el precio más alto por libra con su café La Palma y el Tucán, sino que ha desarrollado un proyecto turístico, muy original, en la mitad de su cafetal.

Por ahora, son quizás veinte o treinta emprendimientos de este tipo, pero venden sus cafés a precios que superan los US$30 por libra y, algunos, por encima de la barrera de los US$100 por libra. Aquí, los US$0,96 en la Bolsa de Nueva York no tienen sentido.

Recuerde algunos nombres: La Palma y el Tucán (Cundinamarca), Granja la Esperanza (Valle del Cauca), Manantiales del Frontino (Valle del Cauca), Finca La Negrita (Tolima), Finca La Julia (Valle del Cauca), Finca El Paraíso (Cauca), Hacienda La Pradera (Santander), Finca Monteblanco (Huila), Café 1959 (Quindío) y Finca Monteverde (Tolima).

Habitación del Hotel La Palma y el Tucán en Zipacón, Cundinamarca.