Mil Demonios abre la categoría de los aguardientes artesanales de alta complejidad.

Un penetrante análisis dirigido hace unos años por Jürgen Klarić, uno de los mayores divulgadores internacionales de neurociencias, sugirió que el aguardiente nacional es un igualador social y la chispa de cualquier fiesta o reunión donde acudan colombianos. Para Klarić, al aguardiente debe dejarse en el lugar que histórica y culturalmente le pertenece. O sea, como una bebida popular. No se quemen convirtiéndolo en un producto de lujo, recuerdo que decía. Quizás no de lujo, pero sí mejor elaborado, más variado y menos regulado.

El ron, en cambio, puede escalar altas posiciones porque, ante todo, para quienes conocen su historia, es el emblema etílico del Nuevo Mundo; es sinónimo de aventura e identidad caribeña, puede igualar al coñac y al whisky, y es el arma del Latin Loveren busca de conquista. Y como protagonista en la coctelería, es inigualable. Además, y pese a haber sido elaborado en Estados Unidos y Francia desde el siglo XVII, nadie pone en tela de juicio la excelencia de un ron antillano, caribeño o latinoamericano.

Eso lo han entendido arriesgados creadores de marcas como Dictador, La Hechicera y Parce, quienes se lanzaron a confeccionar productos de alta gama para el público internacional, ganándose rápidamente el sello de aprobación de la crítica especializada. 

Estos tres rones colombianos pertenecen al club de los mejores y se sirven en reconocidos bares del mundo, aparte de que se exhiben y se venden en tiendas como Harrods, Fortnum & Mason, y Hedonism Wines & Spirits. Toda una proeza.

Para llegar adonde están han necesitado algo más que ganas. Ante todo, haberse zafado gradualmente del monopolio gubernamental; monopolio que hasta hace poco les obligaba a dedicarse a la exportación.

Una ventaja notable del ron es que incluye pasos como el añejamiento y las múltiples posibilidades de mezcla, condiciones esenciales para crear íconos.

Hasta hace poco, los aguardientes de las licoreras estatales dominaban la categoría.

Este manejo, sin embargo, ha sido ajeno a la categoría del aguardiente. Además de su simple manufactura, su elaboración está dominada por licoreras estatales que envasan anualmente más de 85 millones de botellas, cifra que prácticamente hace imposible la atención al detalle. El aguardiente se prepara con una fórmula preestablecida y bajo una regulación estatal que define qué es y que no es un aguardiente. ¿Creatividad? Muy poca.

Por eso resulta destacable una marca como Mil Demonios, que se alzó con una medalla de plata en el concurso San Francisco World Spirits Competition, sin duda el mejor calificador de excelencia entre quienes entregan medallas. Es artesanal, se somete a triple destilación, se macera con hinojo, yerbabuena y jengibre, y pasa con suavidad por el retrogusto, dejando una sensación amable y no quemante. Adicionalmente, la historia de su marca es digna de varias copas. Hoy, las anécdotas pesan tanto como el líquido.

Felizmente, se gestan en la actualidad proyectos similares de aguardientes artesanales, que pronto verán la luz pública. Uno es Júbilo (ver reseña en esta misma sección de destilados).

Buen desenlace que el Estado se esté mostrando cada vez más abierto con estos proyectos y les permita operar en varias capitales. No de otra forma surgirán ingeniosos productores, capaces de enriquecer el segmento con mayor variedad, estilo e imagen. De lo contrario, nuestros aguardientes independientes serán un acontecimiento aislado, y no deberían tener ese destino. Sin dejar de ser populares.