En abril de este año, la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia y las empresas privadas líderes del sector, a través de la campaña “Toma Café”, decidieron corregir una increíble aberración. Porque es absurdo que Colombia, a pesar de ser una de las mecas productoras de café del mundo, tenga uno de los promedios de consumo interno más bajos de un país productor.

Las cifras son elocuentes: los colombianos consumimos, por habitante, 1,87 kilos de café verde al año, es decir, la mitad de Brasil, donde el promedio está en 5,48 kilos. Nos superan, incluso, Honduras, con 3,77 kilos, y Costa Rica, con 3,54. Sólo estamos por encima de Ecuador, cuya ingesta por habitante es menos de un kilo por habitante al año, o sea, 0,67 kilos, para ser más exactos.

La meta de “Toma Café” es elevar el consumo interno en un 30% en cinco años, para situarnos en un consumo per cápita anual de 2,5 kilos. Será un salto extraordinario, pero insuficiente.

Saber más de café

Lo cierto es que será necesario un esfuerzo mayor para que, algún día, los colombianos sepamos tanto de café como hoy sabemos de vino. Y se los digo con conocimiento de causa. El año pasado, en el seno de Expovinos 2009, participé, con el experto Luis Fernando Vélez, en el primer encuentro entre el vino argentino y el café colombiano, dos productos de origen agrícola, que siempre terminan juntos en la mesa. Allí descubrimos que los participantes poco o nada sabían de su producto bandera. En cambio, eran capaces de reconocer un Malbec frente a un Cabernet Sauvignon o apreciar las diferencias entre los vinos del Viejo Mundo y los del Nuevo Mundo. Pero aún no pueden distinguir los contrastes entre el café de un paraje específico de Armenia y otro de El Pital, Huila. Tampoco pueden diferenciar si un café ha sido tostado de una manera y molido de otra. Tampoco están en condiciones de apreciar las sutilezas de un café de altura frente al de una zona más baja.

A mayor conocimiento, mayor consumo

Cuando todo esto ocurra, les aseguro que cambiará la vida de las 500.000 familias que viven del cultivo del grano y de todos los consumidores de café colombiano. Porque al igual que ocurre con el vino, a mayor conocimiento, mayor disfrute y, también, mayores ventas.

Recuerdo todo esto porque en una de sus más recientes ediciones, la revista de vinos estadounidense Wine Spectator destacó las características y fortalezas de los cafés colombianos, de una manera como ningún medio nacional lo ha hecho hasta hoy (otra increíble aberración).

Traigo a colación un artículo escrito por la periodista y editora estadounidense Shanna Germain, quien, en un artículo publicado en la revista especializada Roast Magazine, demostró que los productores del grano (especialmente los que se dedican a elaborar café de alta calidad) pueden extraer muchas lecciones del vino para, eventualmente, llegar tan lejos como lo han hecho los productores de vinos de calidad.

Caminos compartidos

En su introducción, Germain dice, al referirse a los cafés especiales y a los vinos de calidad, que ambas bebidas se aprecian en nariz y boca de una manera poco convencional. Adicionalmente, comparten una gran riqueza aromática y gustativa, y realzan momentos agradables en una comida o una ocasión especial. Pero más allá de eso, son productos agrícolas, procedentes de regiones específicas, que deben someterse a una serie de cuidadosas tareas de elaboración, antes de servirse a la mesa (en una copa o una taza).

“Me pregunto”, dice Germain, “si el café y el vino comparten tantas cosas comunes y satisfacen los sentidos de una manera similar, ¿por qué existe una diferencia tan marcada en materia de precios?”. Y es que una copa de buen vino puede llegar a costar entre $50.000 y $100.000, mientras una taza de café nunca pasa los $5.000 o, máximo, los $10.000.

¿Cómo salir de este encierro?

A los productores les falta, entre muchas otras fortalezas, un mejor conocimiento de las técnicas de producción, mayor disciplina en la clasificación de los granos, manejo efectivo de las relaciones públicas, estrategias para llegar a los líderes de opinión, conocimiento de los mercados internacionales, relación estrecha con los escritores especializados y voluntad de participar en concursos internacionales de gran impacto.

Lo que complica el asunto es que los consumidores no poseen el conocimiento suficiente sobre el mundo del café para hablar con mayor autoridad. Sin embargo, muchos consumidores colombianos pueden hablar con holgura de varios tipos, estilos y procedencias de vinos.

El arte de tomar café

Los consumidores de café, incluso los más entusiastas, carecen de un conocimiento tan completo sobre el producto. Ni siquiera saben diferenciar, entre cafés y distintas regiones y distintos países, otros esquemas. Los consumidores habituales de ron resisten los efectos producidos en el paladar por los niveles de tostado o molido o, incluso, a qué temperaturas debe calentarse el agua para la infusión, dependiendo de la altura sobre el nivel del mar en que el bebedor se encuentre.

Sin duda, es loable el programa de “Toma Café”. No obstante, en mi opinión, está demasiado concentrado en despertar el interés de los consumidores masivos de las grandes superficies y de algunos restaurantes. Y eso no está mal. Pero el desafío está en lograr que cada colombiano se convierta en un embajador de su producto estrella, hasta el punto de dominar los temas de regiones productoras, tipos de elaboración y formas de consumo. Lo demás es pensar en pequeño.