Antes de los romanos, las islas británicas ya eran aficionadas al vino.

Antes de los romanos, las islas británicas ya eran aficionadas al vino.

Contrario a lo que millones de personas creen, Inglaterra tiene una larga asociación con el vino, y es por eso que su actual renacimiento avanza sobre terreno firme, anticipando un futuro prometedor.

No sólo estamos frente a un nutrido elenco de 500 viñedos en Inglaterra y Gales, sino que algunos de los mejores ejemplares han comenzado a hacerse notar en los grandes concursos mundiales, alzándose con altos reconocimientos.

Los vinos ingleses que mejor brillan son blancos, espumosos y rosados, con algunos tintos en menor escala. Sobresalen marcas como Nyetimber, Gusbourne, Balfour Herbert Hall y Camel Valley, cuyos precios van desde el equivalente de $60.000 hasta $154.00, y pueden comprarse en supermercados y tiendas especializadas, así como en muchos restaurantes.

Probé aleatoriamente no menos de diez y no pude contener mi sorpresa. A partir de de este nuevo umbral, el panorama no puede sino mejorar.

Inglaterra y el cambio climático

Una buena parte de los condados del sur han revitalizado su olvidada tradición vitivinícola.

Una buena parte de los condados del sur han revitalizado su olvidada tradición vitivinícola.

¿Cuál era, entonces, el escollo? Por un lado, la avalancha de vinos importados y, por otro, la permanente humedad en el ambiente en siglos recientes impidieron desarrollar una vitivinicultura local de trascendencia. Sin embargo, el más reciente cambio climático ha mejorado las condiciones de producción, y esto, sumado a la implementación de nuevas técnicas, ofrece una plataforma ideal para los vinos ligeros. Y no menor es la disponibilidad de capital de trabajo para financiar un tipo de proyecto agrícola cuyos resultados sólo pueden verse en el largo plazo.

En cuando a las zonas de producción, estas se encuentran esparcidas por buena parte del territorio. Pero si debemos escoger una región que saque la cabeza por encima de las demás, esta es, sin duda, Kent, al sudeste.

Estudios de muchas fuentes indican que la vitis vinífera existía en territorio británico desde antes de la llegada de la invasión romana. Los antiguos belgas (Belgae, en latín), que cohabitaron en Gran Bretaña con los celtas, eran aficionados al consumo de vino, el cual traían del continente. Los celtas, en cambio, preferían la cerveza, que se fabricaba en casa.

Lo que definitivamente facilitó la expansión de la cultura de consumo fue la colonizzción romana, a partir del año 43 de nuestra era. Aumentaron también los primeros cultivos gracias a un periodo de calentamiento ambiental y de baja humedad. Para cuando los romanos se retiraron, en el siglo cuarto, el esparcimiento del cristianismo había logrado afincar el consumo y la producción en todos los niveles.

Nueva tierra de espumosos

Las condiciones climáticas inglesas favorecen a blancos y espumosos.

Las condiciones climáticas inglesas favorecen a blancos y espumosos.

Durante el periodo del Oscurantimo, las fuerzas invasoras de jutos, anglos y sajones destruyeron todo vestigio romano y dejaron marchitar y morir los viñedos plantados hasta entonces. Los cristianos huyeron hacia las zonas costeras, donde la humedad impedía el cultivo de la vid. Hacia el siglo VI, la nueva expansión cristiana permtió retomar la tradición. Pero esta volvió a perderse durante los siglos de la ocupación vikinga y sólo logró recuperarse tras la derrota de los daneses a manos del ejército del rey Alfredo, quien volvió a impulsar el cristianismo y delegó en los monasterios la producción de vinos. Este buen periodo se extendió durante la ocupación normanda de Guillermo el Conquistador, ayudado por otra ola de calentamiento de 300 años. En los siglos XVII, XVIII y XIX y parte de los primeros años del XX hubo notables casos de éxito, hasta el más reciente florecimiento a partir de los años 50.

A esto habría que agregar el papel jugado por Inglaterra desde los años 1300 en materia de conocimiento, difusión y comercialización de vinos desde puertos como Londres y Bristol, en Inglaterra, y Leith, en Escocia. Los expertos de la época ayudaron también a los productores europeos a diseñar estilos de vinos que hoy son famosos como el bordelés, el Oporto, el Maderia y el Jerez, entre otros. Ese conocimiento sigue manteniendo a Inglaterra como gran centro de evaluación y análisis de los vinos del mundo.

Son circunstancias que, desde luego, ayudan a entender que el nuevo papel del vino inglés y galés tiene mucho terreno por delante. Prométase probar algunos en su próxima visita a Inglaterra.

Artículo publicado inicialmente en El Espectador