Altamira es una de las nuevas zonas de interés para los enólogos argentinos. Foto de Familia Zuccardi.

Altamira es una de las nuevas zonas de interés para los enólogos argentinos. Foto de Familia Zuccardi.

Hace cuatro semanas, cuando realicé mi primera visita anual a Argentina, asistí a una serie de charlas y degustaciones con jóvenes y revolucionarios enólogos, después de las cuales deduje que el país austral está gestando una verdadera revolución enológica, que dará mucho de qué hablar en las próximas décadas. El movimiento está en sus inicios, es cierto, pero ya pueden verse ejemplos concretos de lo que viene en camino.

Justamente había comenzado a revisar mis notas cuando leí un excelente artículo en la revista inglesa Decanter, titulado “Mapping Mendoza”., que se refería exactamente a lo que jóvenes figuras como Alejandro Vigil, enólogo jefe de Catena, y Sebastián Zuccardi, quien está a cargo del programa de investigación y desarrollo de su bodega familiar, nos habían contado a varios sommeliers y expertos latinoamericanos, quienes por esos días visitábamos las regiones productoras de vino del país suramericano por invitación de Wines of Argentina.

En breve, lo que viene ocurriendo es el gradual abandono del estilo tradicional argentino de elaborar vinos frutados e intensos, con énfasis en la variedad de uva predominante, por ejemplo la Malbec o la Cabernet Sauvignon, para comenzar a valorar ahora el lugar donde nacen las parras.

En realidad, y durante décadas, la mayoría de productores del Nuevo Mundo han identificado a sus vinos a partir de la cepa (Merlot, Chardonnay o Pinot Noir), con el exclusivo propósito de facilitar la comunicación con el consumidor. En cambio, las regiones clásicas del Viejo Mundo han priorizado, como sello de identidad, el terroir (o sea, el micro entorno de la vid), independiente del tipo de uva utilizado. Así, por ejemplo, se habla de Sancerre y no de Sauvignon Blanc y de Vosne-Romanée y no de Pinot Noir (para citar solamente el caso de dos apelaciones francesas).

Los chicos del cambio

Alejandro Vigil, enólogo-jefe de Catena Zapata.

Alejandro Vigil, enólogo-jefe de Catena Zapata.

En este sentido, Vigil y Zuccardi no sólo han comenzado a hablar de procedencias específicas (Gualtallary, Valle de Uco, Viñedo Adriana, ó Altamira, La Consulta, Valle de Uco), sino de áreas claramente diferenciadas dentro de sus propio viñedos. El propósito de ambos, y de otros enólogos entrevistados por la revista Decanter, es apartarse de conceptos genéricos como el “Malbec de Mendoza”, por ejemplo, para darles relevancia a los suelos y a las zonas de procedencia de sus vinos.

Para llegar a este punto han cavado cientos de hoyos o calicatas con el fin de estudiar cada punto del terreno. Y han establecido, por ejemplo, que dentro de una misma plantación pueden encontrarse distintos suelos y microclimas,  que se traducen en diferencias de hasta dos meses en los tiempos de cosecha entre distintos sectores de un mismo campo.

Hace relativamente poco tiempo, la prioridad era estandarizar procedimientos, sin prestar atención a las peculiaridades. Éstas son ahora el nuevo eje. Vigil, por ejemplo, ha tomado la iniciativa de embotellar por separado los lotes de mayor contraste, asignándoles, incluso, etiquetas propias.

Sebastián Zuccardi, de Familia Zuccardi.

Sebastián Zuccardi, de Familia Zuccardi.

¿Qué encontrar en ellos? Además de sensaciones frescas y delicadas, y de un manejo equilibrado de todos los componentes del vino, cada botella encierra un evidente testimonio de suelo, clima y temperatura, lo mismo que una clara sensación de lugar, que la hace distinta y única.

Por ahora, quizás Vigil y Zuccardi, así como otros tantos talentosos enólogos sean todavía unas pocas golondrinas en la escena vitivinícola argentina. Y quizás, también, sus vinos se vendan, por ahora, a consumidores de nicho que siguen de cerca su trabajo. Pero el nuevo movimiento toma fuerza e impulso, para mostrar una nueva cara del vino argentino.

A la par con estos desarrollos, ha comenzado también una rápida tarea dirigida a incorporar nuevos materiales y revolucionarios diseños en las cubas de fermentación, tanto para vinos tintos como para vinos blancos. Incluso, muchos experimentadores, como Vigil, han recurrido a tinajas de barro, como las utilizadas por los elaboradores de vino en la antigüedad.

Vientos similares soplan desde Chile, lo que lleva a los dos países suramericanos a subirse a las líneas de avanzada en un universo que, durante algún tiempo, parecía estandarizarse sin remedio. Ahora lo que se ve es una búsqueda de expresiones propias y únicas, y esa es una buena noticia para quienes disfrutamos de la bebida.