Adeline de Barry, toda una dada del vino. Foto tomada de www.vinsetprovence.eklablog.com

Hace poco me encontré en Bogotá (Colombia),  gracias la importadora de vinos franceses La Mesa de los Señores, con Adeline de Barry, una bodeguera de gran simpatía y carácter, que dirige los destinos de la casa Château de Saint Martin, clasificada como Grand Cru Classé en la región de Provenza, al sur de Francia.

Sus vinos son profundos e intensos igual que su extenso linaje, que se remonta al año 900 de nuestra era. O sea: más de quinientos años antes de que Colón descubriera a América y novecientos y tantos años antes de que las colonias americanas lanzaran su grito de independencia.

La propiedad de la familia ha visto desfilar decenas de generaciones hasta llegar a Adeline, quien habla de querer transmitir a sus sucesores los valores de la discreción, la elegancia y una entrega concienzuda al trabajo. En particular, así lo han hecho las mujeres que la antecedieron. A lo largo de los siglos, cada un de ellas se ha dedicado a hacer perdurar, mediante el noble oficio del vino, la reputación de Château de Saint Martin. Y es bien curioso que haya existido un solo hombre en la familia con esa responsabilidad: su abuelo materno.

Adeline no es de aquellas mujeres que obligan a hacer venias e inclinaciones, porque es informal, divertida, abierta y atenta a todo lo que la rodea. Por lo tanto, tampoco invita a que se le llame condesa, su título nobiliario.

Largo camino

Imagen de la propiedad de Château de Saint Martin. Foto tomada de www.provencefoodandwine.com

Provenza, su lugar de origen, mira hacia el Mediterráneo y fue unos de los principales puntos de entrada de griegos y romanos, quienes llevaron a la Galia su arte de hacer vinos. Adeline cuenta que en terrenos de su propiedad han sido encontrados restos de una antigua bodega de vinos, que data del siglo segundo antes de Cristo.

Salpicada por toda esta atmósfera de longevas tradiciones, Adeline elabora algunos de los mismos vinos que aquellos primeros colonos trajeron de lejanas tierras, entre ellos el rosado, principal sello de identidad de su bodega y de Provenza. En su portafolio se encuentran, por ejemplo, el Grand Réserve Cru Classé, el Cuvée Comtesse Vielles Vignes Crus Classé Rosé, el No. 2 Rosé y el Méthode Traditionelle Bulles de Rosé (espumoso). Pocas casas trabajan este estilo de manera tan impecable como Adeline y sus adeptos colaboradores. Su preferido, sin embargo, es el Eternelle Favorite, embotellado en una especie de frasco de perfume, pues no sólo convence por sus aromas a frutos rojos y rosas, sino por su final mineral, producto de los suelos de pizarra del viñedo. Su delicadeza –que también atrapa a los hombres– ha llevado a varias mujeres a ponérselo como un perfume.

Delicadeza y elegancia

Algunos de los vinos de la simbólica bodega del sur de Francia. Foto tomada de www.insidesocal.com

Pero lo más interesante es que todos estos rosados son ensamblajes de tres y más uvas tintas, entre ellas Syrah, Tibouren, Grenache, Carignan y Cinsault. Vaya delicioso cóctel. Pero honestamente se necesita mucha experiencia y conocimiento para lograr rosados pálidos, tipo piel de cebolla, mediante la combinación de todas estas cepas tintas, en especial la Syrah, que tiñen todo lo que encuentran a su paso. Pero en este caso se la trabaja con delicadeza.

Estos vinos son, sin dar más vueltas, obras de arte atrapadas en una envoltura de vidrio. Claro que Adeline también elabora tintos de variada intensidad, y un mágico Vin Cuit de Provence, bebida dulce y densa que los locales usan en sus ritos espirituales. El vino se cuece a fuego vivo por diez horas, antes de la fermentación, y los habitantes de Provenza lo beben después de misa.

Adeline, con sus historias y remembranzas, me acuerdan de otro grupo de viñateros de alcurnia y vieja data, que descubrí gracias a las recomendaciones de mi amigo y profesor de vinos Eugenio Echeverría, de la Wine & Spirits Education Trust, de Londres. Tal agremiación se llama Primum Familae Vini, a la cual pertenece un selecto grupo de personajes de Francia, Alemania, Italia, Portugal y España, responsables de producir algunas de las etiquetas más reconocidas y prestigiosas del mundo.

La condición para pertenecer a la Primum Familae Vini es haber estado siempre en manos de sus mismos dueños.

Así que ahí tenemos a los Antinori, de Italia (vigentes desde 1385); Hugel & Fils, de Alsacia (1639); Symington Family, Oporto, Portugal (1652); Egon Müller Scharzhof, de Mosela, Alemania (1797); Tenuta San Guido, Toscana, Italia (1840); Pol Roger, Champaña, Francia (1849); Château Mouton Rothschil, Médoc, Francia (1853); Vega Sicilia, Ribera del Duero, España (1864), Torres, Penedès, España (1870); Joseph Drouhin, Borgoña, Francia (1880), y Famille Perrin, Valle del Ródano, Francia, (1909).

A pesar de que Château de San Martin ha estado en pie desde 1740, en manos de la misma familia, no pertenece a esta exclusiva asociación. Pero tampoco tiene nada que envidiarle.

Les digo todo esto porque los vinos de Adeline y de todas las familias enunciadas arriba transmiten en cada botella el peso y el espíritu de sus hacedores. Y esto es algo que diferencia al vino de cualquier otra bebida.

Eternelle, la joya de Adeline

Algunas mujeres, aparte de beberlo, se untan un toque de Eternelle Favorite en el cuello. Foto tomada de www.www.ci-wines.com