Usar sus prendas para envolver botellas no es una mala idea. ¿Pero…? Foto tomada de www.enotourist.net

Cada viaje a una zona productora de vinos o a ciudades o países con ofertas atractivas, nos enfrenta siempre a la misma pregunta: ¿cómo transportar las botellas de manera segura, sin incurrir en posibles violaciones de las normas establecidas por los transportadores o las entidades de regulación correspondientes? Y suponiendo que llegamos al destino con los vinos en perfecto estado, ¿cuánto esperar antes de disfrutarlos?

De manera deliberada voy a dejar por fuera el tema del transporte por contenedor o por pallet (base de madera diseñada para arrumar hasta 70 cajas de doce botellas), porque ese es otro tema. Lo único que tal vez valga la pena resaltar es que los movimientos de los barcos, los aviones y los vehículos de transporte terrestre, amén de la manipulación misma del embarque, agitan el contenido de manera brusca. Por eso se hace necesario dejarlo reposar durante 30 días antes de realizar el despacho a los consumidores. Otra cosa, claro, es que los comercializadores cumplan la regla.

Ahora, a lo que nos interesa: supongamos que usted llega a Mendoza, Santiago, Napa o Nueva York y elige comprar algunas botellas para llevar a casa. Las opciones disponibles son: meterlas en calcetines o pantalones en la mitad de la maleta. Pero ojo: como el vidrio es más pesado que el algodón o la lana, la posibilidad de que las botellas  se salgan de esos improsivados empaques es alta. Y el golpeteo resultante puede producir una desagradable ruptura, que manchará de vino todas sus pertenencias.

Ahora, si no tiene otra alternativa, use dos o tres calcetines y ponga alrededor del fardo un camisa gruesa con doble o triple nudo. El propósito es aumentar la y evitar que el envoltorio se zarandee.

Las alternativas

Hoy se fabrican bolsas protectoras que impiden que el vidrio pueda quebrarse. Foto tomada de www.travelandgadgets.com

Si lo prefiere, puede preguntar en la tienda donde hizo la compra si ofrecen mallas elásticas o bolsas protectoras (generalmente con burbujas) para meter las botellas y reducir casi completamente la posibilidad de tener un accidente. Igualmente, es posible encontrar allí valijas diseñadas para cargar vinos. Son costosas, pero infalibles.

Quizás lo mejor es embalar las botellas en cajas de cartón, con separadores internos del mismo material o de poliestireno expandido, conocido como icopor. Claro: esto implicaría agregar un bulto adicional al equipaje. El consuelo es que el importe por carga es menor. Le aseguro: he utilizado este método desde Estados Unidos, Argentina y Chile, sin ningún contratiempo.

Una recomendación válida es no comprar más de tres botellas por etiqueta porque se corre el riesgo de que la aduana confisque la mercancía por sospecha de contrabando. En cambio, una caja mezclada no produce desconfianza.

Sistemas más seguros

Existen sistemas para el transporte seguro del vino. Valen más, pero viajen con el resto del equipaje, sin peligro. Foto tomada de www.binet.lv

¿Y en la cabina? Con raras excepciones, como en la ruta Mendoza-Buenos Aires, es posible subir las botellas a la aeronave o al ómnibus. Sin embargo, las regulaciones nacionales e internacionales han abolido esa práctica en las rutas más demoradas. He visto a muchos pasajeros deshacerse de sus compras en el puestos de control y, créame, no es una experiencia agradable.

Los términos en cuanto al contenido de alcohol por volumen son otra historia. El límite seguro es de 24% por volumen. Por eso, si piensa transportar bebidas de más de 60%, evítelo. Son potencialmente inflamables.

Un paso seguro, sin duda, es comprar en los puntos de duty free, que están autorizados para vender vinos y licores en el último tramo de viaje.

Reposo, un tema clave

Después de un largo viaje, deje las botellas reposar por un par de semanas. Esto es, si puede controlar las tentaciones. Foto tomada de www.ausbt.com.au

Ahora bien: la inquietud de cuánto tiempo hay que esperar antes de abrir las botellas que ha comprado en el exterior, y que han experimentado largos recorridos, invita a respuestas varias. Los amigos dirán que ignore los consejos y que las abra al bajar del avión. Los expertos recomendarán una espera de, por lo menos, ocho días. Y hay comercializadores que sugieren un mínimo de 30 días. Yo me inclino por la mitad de ese tiempo, es decir, quince días. Pero no se sorprenda si hay quienes proponen de seis a ocho semanas. No es para tanto.

¿Cuáles vinos suelen resistir mejor los trayectos en avión, barco o automóvil? Sin duda, los más ligeros, incluidos los blancos y los rosados, que se recuperan pronto debido a su estructura liviana. En cambio, los más complejos y robustos, al contener una mayor cantidad de componentes, requieren de un mayor período para estabilizarse. Pero los que definitivamente exigen cuidado y atención son aquellos no filtrados, o sea, los que conforman las líneas altas de las grandes casas o los elaborados en bodegas boutique o artesanales. Estos productos presentan una buena cantidad de sedimentos, que se mezclan con el líquido durante la travesía.

Quien no quisiera disfrutarlos tal y como salen de la línea de producción. Pero eso es una quimera. Lo único irrefutable es que para llegar hasta nosotros, los vinos deben viajar de un extremo al otro del orbe. Es una situación que no se puede cambiar.