Jorge Riccitelli, director enológico de Bodega Norton, elegido “Enólogo del año” por la revista estadounidense Wine Enthusiast. Foto tomada de www.planetajoy.com

No es común encontrar los nombres de enólogos del Nuevo Mundo en el escalafón de los más respetados del planeta, excepción hecha de Estados Unidos. La principal razón es que los principales calificadores son europeos o estadounidenses, y esto inclina la balanza a favor de sus propias figuras.

Pero de un tiempo para acá, los winemakers de países como Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Chile y Argentina –agrupados bajo el calificativo de Nuevo Mundo, por ser herederos de las tradiciones del Viejo Mundo– han comenzado a llamar la atención de los críticos.

Uno de los primeros en llevarse las palmas fue Nicolás Catena Zapata, propietario de la bodega argentina del mismo nombre, quien obtuvo, en 2009, el título de Hombre del Año, otorgado por la revista inglesa Decanter. Tan grande reconocimiento se debió a su empeño en elevar la calidad de los vinos de su país hasta ponerlos en la mente de los consumidores de los cinco continentes. Por este motivo, Catena esculpió su nombre al lado de otros destacados personajes del año como el californiano Robert Mondavi (1989), el español Ignacio Domecq (1991) y el también español Miguel Torres (2002).

Catena, ex catedrático de la facultad de economía de la Universidad de California, en Berkeley, observó durante su estadía en California que la apuesta de los vinos de esa región giraba en torno a la máxima complejidad y excelencia y no al máximo volumen, como era tradicional en Argentina. A su regreso, cambió las matemáticas por la transformación de su bodega familiar, y propició un cambio similar en su país.

Otro nombre descollante del Nuevo Mundo es el del chileno Eduardo Chadwick, propietario de la centenaria bodega Errázuriz. Atrevido como el que más, organizó una particular degustación en Berlín, en 2004, en la que puso sus vinos al lado de las más grandes etiquetas de Francia e Italia. El jurado estaba integrado por reconocidos críticos internacionales. Y, sorprendentemente, sus marcas Don Maximiano Founder’s Reserve y Seña alcanzaron el primer y segundo lugar respectivamente, por encima de emblemáticos nombres como Château Lafite, Château Margaux, Château Latour, Tignanello, Sassicaia, Solaia y Guado al Tasso  Este arrojo lo puso en primera final entre los personajes del Nuevo Mundo.

Tributo merecido

Riccitelli, en la enorme cava de Bodega Norton, en Mendoza. Foto tomada de www.revistacontrasenas.com

Un nuevo nombre para la lista es el de Jorge Riccitelli, enólgo-jefe de Bodega Norton, de Mendoza, quien, junto con otros cuatro winemakers mundiales, fue nominado para recibir el premio de Enólogo del Año, otorgado, en este caso, por la revista norteamericana Wine Enthusiast. Y Riccitelli fue el elegido.

Pocos días antes de conocerse la noticia, Riccitelli visitó Colombia y estuvo entre nosotros durante varios días. Almorzamos con un grupo de amigos y luego nos volvimos a encontrar en la casa de Celso Jaque, el nuevo embajador de Argentina, en Colombia. Y en ambas ocasiones mostró su talante de hombre hecho para y por el vino. Hablar de cada una de sus creaciones le hace, en ocasiones, quebrar la voz, y en privado puede, incluso, soltar una lágrima. Y repite, una y otra vez, esa frase que refleja su obsesión por darnos momentos placenteros: “El enólogo, si no es por el vino, no existe”.

Norton, su casa

Bodega Norton, Luján de Cuyo, Mendoza. Foto tomada de www.elborgo.com

Es la primera vez que Riccitelli participa en un concurso de este tipo. Ha sido un hombre de pocos empleos y mucha lealtad. Se inició, en Mendoza, en la renombrada y gigantesca Bodega Gargantini, y luego se mudó a Salta, en el norte, para trabajar durante más de una década en Bodega Etchart. Y tras dejar Etchart se sumó al equipo de la mendocina Bodega Norton, donde desde hace 20 años es su enólogo principal.

Era cuestión de tiempo para que Riccitelli llamara la atención de los críticos extranjeros. En 2011, la misma revista eligió a Bodega Norton como New World Winery of the Year (Mejor Bodega del Nuevo Mundo). Pero esta vez lo quiso reconocer a él como creador.

Su estilo

Perdriel del Centenario, una de sus obras maestras.

Sentados en un sofá, durante una breve pausa de su agitada agenda, le pregunté cuál era su secreto. Siempre empeñado en hacerse a un lado, me dijo que su mayor acierto ha sido asegurarse que la uva se exprese por sí misma, sin mayor intervención de su parte. “Una uva bien atendida, te dará un buen vino; así de simple”.

Pero ante mi insistencia de que la elaboración de vinos incluye también la intervención humana –o sea, su estilo–, aceptó decir que, si hay algún espacio para él en el proceso, lo definiría como “discreción y elegancia”.

Y me explicó: “no me gusta concentrar el vino, ni abusar de su maduración en barricas de roble; todo ello interfiere con la expresión natural”. En el fondo, no le gusta hacer vinos para que los especialistas los alaben, sino para que la gente los disfrute.

Esta visión franca y sencilla tiene mucho que ver son sus orígenes: su padre era maquinista en Gargantini y solía llevarlo de chico a la bodega, donde Jorge jugaba como si estuviera en un parque de diversiones. “Mándalo a estudiar enología y cuando salga, yo lo empleo”, le decía a su padre Bautista Jerónimo Gargantini, el dueño. Y así fue.

Quienes conocen a Riccitelli pueden imaginar sin dificultad qué clase de vinos hace él. Y quienes prueba sus vinos intuyen qué clase de creador hay detrás. Cuando tenga oportunidad, compruébelo por usted mismo.

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http://www.youtube.com/watch?v=yiSwi_0CrIk&sns=em