¿Tinto? ¿Blanco? ¿Rosado? Las preguntas no cesan y ya llegan los invitados. Foto tomada de www.winewithpete.com

Sin que mi caso sea una solución aislada, le transmito algunas de las lecciones aprendidas.

Anteriormente, y en un esfuerzo por satisfacer todos los gustos, intenté animar este tipo de convites poniendo sobre la mesa vinos espumosos, blancos, tintos y rosados. Los primeros y los últimos desaparecían a toda marcha, sin casi dar abasto. Los segundos y los terceros, en cambio, quedaban abiertos, muchas veces sin empezar. La explicación es bien sencilla: los espumosos transmiten de inmediato un espíritu de celebración, y los rosados, se convierten, sin demasiado protocolo, en un acompañante apropiado para toda la recepción.

Para poder disfrutar como todos los demás y no pasarme en la cocina, ofrezco de entrada un dip de queso blando –adosado con cebollines frescos y cebolla orgánica en polvo–, que cualquiera puede untar sobre zanahorias miniatura y pequeños trozos de apio. En ocasiones elijo un surtido de quesos con frutos deshidratados. Ocasionalmente pongo minichorizos con una salsa rosada. Todas son recetas sencillas y ganadoras, y se la llevan bien con las burbujas.

En paralelo, pongo en una hielera ancha varias botellas de rosado seco –de una o varias marcas, para hacer más  interesante el juego– y las voy reemplazando a medida que se terminan. Al disponer de un buen juego de copas, todos se sirven a gusto. Luego, y como platillo principal, si así puede llamarse, sirvo pasteles de pollo horneados, acompañados de una ensalada de frutas en su jugo. El maridaje es perfecto.

Espumosos y rosados

El rosado siempre mantiene el espíritu en su máximo nivel de alegría. Foto tomada de www.elgourmeturbano.blogspot.com

Si llegan 30 personas, abro unas cinco botellas de espumoso y una docena y media de vino rosado. Porque recuerde: cuando uno está solo, bebe muchísimo menos que cuando está acompañado. Y cuando se trata de una fiesta, el consumo por cabeza se multiplica exponencialmente. Siempre es mejor que sobre y no que falte.

A menos que convide a un  almuerzo o cena menos nutrida, evito ofrecer blancos o tintos. Los rosados –tanto espumosos como tranquilos– hacen a todos felices. Y lo mejor es que el gasto final es menor que comprar complejas selecciones de vinos o una batería de destilados. Además, la reunión transcurre sin jamás subirse de tono.

Mi recomendación, entonces, es aplicar el principio de poner sobre la mesa vinos refrescantes y poco complejos. Si mi fórmula no concuerda con sus expectativas, quizás valga la pena recordar algunas ideas recogidas por el camino, como las de mi admirado escritor británico Hugh Johnson, quien va por la misma ruta, pero con opciones más clásicas.

Johnson sugiere alternativas como los vinos blancos alemanes de calidad y bajo contenido alcohólico, lo mismo que los austríacos, croatas o húngaros. Infortunadamente, no son opciones disponibles en nuestro mercado local. Otras de sus recomendaciones son la variedades como Pinot Grigio, del nordeste italiano –aunque son igualmente atractivos los procedentes de otros países productores–, los Soave, del Veneto, los Riesling del Nuevo Mundo (especialmente los de Australia), los españoles del Penedès, los Moscatel secos de Alsacia y los Vinho Verde portugueses.

Si se trata de tintos, los Valpolicella italianos y los Pinot Noir y los Zinfandel jóvenes de Napa complacen igual que los rosados, sin causar hastío. Yo agregaría los Malbec jóvenes del Valle de Uco, en Argentina, o los Pinot Noir chilenos sin añejamiento.

Ponches y sangrías

En cualquier caso, la sangría es una salida digna y divertida. Foto tomada de www.elgrancatador.com

Ahora, si no quiere enredarse con la compra de distintas marcas y denominaciones de origen, existe también la posibilidad de preparar un delicioso ponche con vino blanco, al que debe agregársele soda o agua con gas, y unas bolitas de melón amarillo y verde. O deje correr su imaginación.

Otra buena elección es una sangría. Aquí me abstengo de dar recetas, pues cada familia tiene la propia, y sabe que le funciona.

Si vive en un clima demasiado frío, no descarte el ponche caliente. Es una fórmula obligada en los países con inviernos crudos. Aquí la propuesta es calentar vino tinto (jamás herbirlo), agregar cortezas de naranja, un toque de jarabe edulcorante y, por supuesto, unos chorritos de brandy o Cognac.

Como puede ver, los blancos sin demasiadas aristas de acidez, los rosados, los tintos jóvenes ponches fríos o calientes son una alternativa fácil y nunca defraudan. Recuerde: keep it simple, como dice la expresión inglesa.