Algunos de los viñedos y bodegas de mayor poder de atracción en el mundo están en Rias Baixas, Galicia. Foto tomada de www.spain.info

Definitivamente, somos el reflejo de nuestras costumbres. Por ejemplo, nos cuesta abandonar mucho la fijación con los vinos españoles. Son tintos y punto. Nos concentramos, por ejemplo, en los clásicos de la Rioja, los sorprendentes caldos de Ribera del Duero, los todavía más reveladores del Priorato, los económicos de Valencia y Castilla-La Mancha, y los novedosos de Jumilla, Somontano, Cádiz y otras denominaciones de origen peninsulares. Y si nos detenemos en las variedades predominantes, nos sentimos bastante cómodos en los seguros feudos del Tempranillo, la Garnacha, la Bobal, la Cariñena, la Mencía, la Monastrell, o las distintas mezclas con Cabernet Sauvignon, Merlot o Syrah.

Por lo general, hacemos caso omiso de los blancos españoles, que los hay muy buenos. Una de las razones es que no parecieran existir en ese país europeo los puntos de origen perfectos como sí los tienen la zona oeste francesa, la región de Carneros (en California), los viñedos de influencia oceánica de Nueva Zelanda o los excelentes sectores de valles como Casablanca,  Leyda, San Antonio, el Limaría o el Bio Bio (en Chile).

Falta, entonces, hacer un esfuerzo, e ir más allá. Por ejemplo, debemos poner la mira en Galicia, en particular en las Rias Baixas, donde se produce un excelente variedad blanca, muy original y autóctona, llamada Albariño.

Las Rias Baixas

Viñedo plantado en parrón, en las Rias Baixas, Galicia. Foto tomada de www.rutodelvinoriasbaixas.com

El clima fresco gallego y la proximidad al mar hacen que esa cepa engrose su piel y, gracias a ello, concentre una mayor cantidad de expresiones aromáticas, frente, por ejemplo, a los cepajes blancos de las zonas cálidas, que tienden a ponerse un ropaje más ligero y, por lo tanto, son menos explosivas.

La Albariño produce caldos ligeros pero de gran acidez, con recuerdos a frutas como albaricoque y melocotón. Por lo general presenta un ligero amargor en el retrogusto, pero este se elimina si las uvas se dejan sobremadurar ligeramente. Hay dos marcas españolas especializadas en este cepaje y vale la pena explorarlas: Santiago Ruiz y Martín Códax. En Portugal se la llama Alvarinho y al  mezclarla con la uva Loureiro da origen al llamado Vinho Verde. Entre los mejores exponentes figuran Casa de Vila Verde y Morgadio da Torre (de la casa Sogrape).

Otro lugar de origen de excelentes blancos españoles es la denominación de origen de Rueda, en Valladolid (Castilla León). Aquí debemos hablar de la uva Verdejo, presente en la zona desde el siglo XI. Lo más atractivo de los vinos hechos con Verdejo (Verdelho, en portugués) es su inconfundible aroma vegetal. Huelen, literalmente, a hierba de monte, con un interesante acompañamiento de aaromas a fruta blanca fresca. Igual que la Albariño, la Verdejo registra un ligero rastro amargo, que no incomoda y que, por el contrario, le imprime una interesante personalidad. Marcas destacables incluyen a Marqués de Riscal, PradoRey y Haciendas de España, entre otras.

La otra Rioja

Los vinos blancos de la Rioja son toda una sorpresa. Foto tomada de www.bodegasriojanas.com

Y si la Rioja obliga a pensar en tintos, es justo decir que los vinos hechos en esa región con la variedad blanca Viura también han comenzado a ocupar un lugar meritorio en el mapa vitivinícola español. Quizás su escasa imagen se deba a que se la usó como agente moderador de los vinos tintos, especialmente cuando los taninos o acidez del Tempranillo, por razones climáticas, obligaba a buscar formas de suavizarlo.

Pero esto es cuestión del pasado. Existen hoy interesantes vinos hechos con Viura, especialmente los producidos por reconocidas bodegas como López de Heredia, Marqués de Cáceres, Marqués de Murrieta, Matarromera e Hijos de Antonio Barceló, entre otras.

Los secretos de Cataluña

Típica bodega de cava, en Cataluña. Foto tomada de www.taxitourbarcelona.com.

La Parellada es otra uva blanca de claro toque ibérco que tampoco se queda atrás. Es la reina del cava o espumoso español, junto con otras dos cepas blancas catalanas: la Macabeo y la Xarel-lo. En la mezcla de estos tres cepajes, la Parellada aporta tonos cítricos y frescos.

Además, la Parellada también da origen a vinos secos tranquilos (es decir, sin burbujas), pero hay que beberlos jóvenes. Igualmente, da buenos resultados cuando se le combina con las uvas Chardonnay y Savignon Blanc, de origen francés. Si hay que fijarse en productores de calidad, tenga en cuenta estos nombres: Codorníu, Juvé y Camps y Freixenet.

Como puede apreciar, España no es solamente un paraíso de tintos. Explorar sus blancos, se lo aseguro, aportará una visión distinta para apreciar el potencial de este tipo de vinos. Por eso, los Albariño, los Verdejo, los Viura y los Parellada tienen todavía mucho que mostrarnos. Ah, y hablando de Chardonnay, valdría la pena probar los que salen de Navarra. Son maravillosos, entre ellos los de bodegas como Julián Chivite (muy conocida por sus rosados), Finca Albret y Príncipe de Viana.