Los viñedos italianos se muestran hoy como lo fueron hace siglos. Su nombre antiguo fue, justamente, Enotria. Foto tomada de www.hub-uk.com

En la antigüedad, a Italia se le conocía, simple y llanamente, como Enotria, o sea, la “tierra del vino”.

Tras heredar la cultura vitivinícola de Grecia, los etruscos de la península se tomaron tan a pecho el cultivo de la vid y la elaboración de la bebida que no quedó rincón sin viñedos ni racimos. El país entero era una especie de jardín de vides.

La tradición ha perdurado hasta hoy, cuando todavía, en vez de flores y plantas exóticas, los italianos rurales prefieren plantar parras y olivos, para tener siempre a la mano dos de los productos milenarios de la dieta mediterránea: vino y aceite. Los otros dos han sido el pan y el pescado. No en vano Italia se mantiene como el segundo productor de vinos del mundo, después de Francia.

Y Francia, a su vez, hizo carrera con la incorporación de la nobleza y la iglesia en la producción vitivinícola. Por tanto, y a diferencia de Italia –donde la actividad tenía una extracción predominantemente campesina–, en la antigua Galia el quehacer estuvo, inicialmente, en manos de las clases dominantes. Todavía existen no menos de 1.200 castillos y propiedades históricas relacionadas con el vino. Muchas de ellas se han convertido en las zonas más visitadas por los amantes del vino cuando visitan el país europeo. Incluso, es posible quedarse a dormir en ellas. O casarse. O celebrar reuniones de negocios de alto calibre.

Antes, sólo el vino era el rey

En España y Portugal, ciudades enteras como Jerez, en Andalucía, y Oporto, en la provincia del mismo nombre, en la Región Norte de la antigua Lusitania, se entregaron a la cultura y al negocio del vino. Calles, canales, subsuelos y viejos y húmedos depósitos han albergado durante siglos los célebres vinos de estas dos localidades.

Y así es que, como tributo al importante papel de estas y otras comunidades, se creó la organización Grandes Capitales del Vino (www.greatwinecapitals.com) para preservar las tradiciones y, de paso, estimular el turismo y el intercambio educativo y comercial alrededor de la actividad.

Las nuevas enocapitales

Mendoza, en Argentina, conjunta la tradición con la modernidad. Esta ciudad es una de las nuevas capitales del vino. Foto de Hugo Sabogal.

A esta entidad pertenecen centros del vino como Bilbao y Rioja, en España, Burdeos, en Francia, Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, Christchurch y la Isla Sur, en Nueva Zelanda, Florencia, en Italia, Mainz y Rheinhessen, en Alemania, Mendoza, en Argentina, y San Francisco y el Valle de Napa, en California. En estas mismas ciudades han surgido atractivos adicionales para ofrecerles a los visitantes, más allá del vino, esparcimiento, gastronomía, alojamiento para todos los presupuestos e, incluso, una nueva forma de vida.

En China, donde el fermentado de arroz han sido la bebida clásica desde épocas remotas, el vino ha experimentado un crecimiento sin precedentes, hasta el punto que valiosos castillos y viñedos franceses están en manos de millonarios orientales. Muchas de las transacciones han sido hechas con la condición de que los vendedores asesoren a los nuevos propietarios en el montaje de réplicas francesas a miles de kilómetros de s en territorio amarillo.

Es más: es tal el amor de los chinos por el vino que la empresa Changyu Pioneer Wine Co., la más antigua comercializadora y distribuidora de vinos de China, ha anunciado la construcción de la Ciudad del Vino, en la provincia de Shandong. El complejo tendrá 413 hectáreas y requerirá inversiones por 1.000 millones de dólares. Changyu Pioneer Wine Co no es extraña a exóticos proyectos como este. Tras firmar un acuerdo con la firma francesa Castel, inició la construcción de seis chateaux franceses en varias provincias del país oriental.

La Ciudad del Vino albergará un instituto de investigación, un centro de producción, una oficina de intercambio comercial y viñedos plantados con las variedades de uva más reconocidas del mundo. Como pilar de atracción, incluirá un pueblo al estilo europeo.

Vino y entretenimiento

Campo de polo frente a viñedos de alta gama. Foto tomada de www.vistandoelmundo.org.

Las enópolis del nuevo milenio incluyen, igualmente, proyectos urbanísticos y residenciales, con casas y viñedos propios, en la mitad de campos de golf y de polo. Una de ellas es Tupungato Winelands, en el distrito del mismo nombre, en la parte alta de Mendoza, Argentina. Este tipo de emprendimiento sólo es posible en países con amplias extensiones de terreno disponible. En el caso de Tupungato Winelands se han preparado 400 hectáreas de viñedos, con propiedades que van desde 2,5 hectáreas hasta 4,5 hectáreas, y un área de 3.000 metros cuadrados para la construcción de un chalet. Los administradores se encargarán de comprar la uva y ayudarla a transforma en un vino personal, si el propietario lo desea.

No muy lejos de allí, en el distrito de San Carlos, ha surgido otro proyecto encabezado por la Bodega O Fournier. Se llama O Fournier Wine Partners, donde es posible comprar una hectárea de viñedo o una pequeña finca con espacio para una casa. Las uvas pueden venderse a la bodega o dedicarse ala elaboración de un vino propio. El proyecto de O Fournier también incluye un hotel de lujo, de 40 habitaciones.

Así es que, desde la Italia de la antigüedad, el vino no ha dejado de magnetizar al hombre. Si antes desempeñó un papel para la subsistencia diaria y como pilar de una economía colectiva, hoy se ha convertido un medio de prestigio personal o en una opción de vida para aquellos que no quieren pasar el resto de sus vidas en ciudades ruidosas, contaminadas, agresivas e inhumanas.