Juan Valdez, imagen del café colombiano, acompañado de Vittorio Castellani, investigador y escritor italiano de cafés. Foto cortesía de Toma Café.

Era cuestión de tiempo. El café colombiano, que durante años se ha valorado de manera genérica por su suavidad y calidad gracias al meticuloso trabajo de homogenización emprendido por de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia (FNC), hoy sorprende al mundo por sus pequeñas y rutilantes producciones, gracias a una fase de apertura comercial para granos selectos.

Bajo el sombrero de Café de Colombia, estos nuevos productores y distribuidores –especialmente los dedicados a las bajas elaboraciones– están encantando a críticos y consumidores, y prueba de ello son los cada vez más frecuentes premios obtenidos por estos cafés en los principales concursos internacionales.

Este auge, que está en plena gestación, ha llevado a la FNC y al programa Colombia Toma Café a poner el foco en el tema de la diversidad, y para ello ha invitado a grandes figuras globales del rubro, como el italiano Vittorio Castellani, quien hace pocas semanas viajó por el país como parte de una expedición llamada “Colombia sabe de café” (www.colombiasabedecafe.com). El impacto fue inequívoco: “me voy absoluta y deliciosamente sorprendido”, confesó después de su periplo.

Ciertamente, Castellani sabe algo de comidas y productos del mundo. Como reconocido cocinero, periodista y asiduo investigador –se le conoce como “Chef Kumalé”–, ha recorrido el globo por cerca de 20 años en busca de trascendentales claves gastronómicas. Pero su más grande trabajo, sin duda, es una emocionante serie televisiva sobre la historia del café, difundida por intermedio de la National Geographic.

Destino, Colombia

Aunque la serie se desarrolla en África y en los países árabes –ejes iniciales de la cultura cafetera mundial–, Castellani también ha viajado a Brasil y Perú. Pero le faltaba Colombia, y su descubrimiento lo dejó atónito.
“A medida que visité la geografía cafetera –dividida en acotadas parcelas–, encontré modestos y consagrados productores; aprendí originales formas de elaboración y de consumo, y me compenetré tanto con la cultura cafetera colombiana, que de inmediato la asemejé con la forma clásica de hacer vinos. Es como en Italia: cada lugar de origen es diferente; cada proceso es enriquecido por el productor; cada aporte hecho por el clima y por el suelo otorga a la taza un toque único. En el fondo, cada café es una cultura”.

Precisamente, estos atributos particulares han actuado como punto de partida para que muchos productores encuentren eco internacional a su trabajo.

“En efecto, ha llegado el momento de que nuestro café suba de estatus”, dice Juan Pablo Villota, cabeza visible de Café San Alberto, de Buenavista, Quindío.

Cafe al estilo de un vino

A 40 minutos de Armenia, en el corazón del llamado Eje Cafetero, la Hacienda San Alberto produce cafés elaborado tras cinco selecciones manuales de grano. Foto tomada de www.guiadelcafe.com

Sometido a un proceso quíntuple de selección de granos, la marca San Alberto se ha convertido, en corto tiempo, en uno de los cafés especiales y de origen más premiados en el escenario internacional. Su apuesta central ha sido demostrar que el café es mucho más que un estimulante para entrar en calor. “Para nosotros, se trata de un producto situado en el mismo nivel de los vinos y los licores, donde la calidad, el lujo, la exquisitez y los procesos característicos son fundamentales”. Y agrega: “para nosotros, el cafetal es como un viñedo”. Villota lo dice con el convencimiento de quien estudió vinificación en Francia y luego trabajó en Colombia con la multinacional francesa Pernod Ricard.

Esta visión de la excelencia ha llevado a Café San Alberto a obtener los máximos galardones de producto en concursos y ferias en Corea y Rusia. Y en las últimas semanas se hizo acreedor al título Tres Estrellas Doradas, del International Taste & Quality Institute, de Bélgica.

Un caso similar es el de Granja La Esperanza, otro productor nacional relativamente desconocido, cuya especialidad es la variedad Geisha, la más apreciada y costosa del mundo. Recientemente, la Asociación Norteamericana de Cafés Especiales (SCAA, por sus siglas en inglés), le asignó a dos cafés de Granja La Esperanza, en el Valle del Cauca, el segundo y tercer lugar en el ranking de los diez primeros cafés del mundo. En la prueba participaron más de 250 variedades de 26 países. En particular, un café proveniente de Finca Cerro Azul alcanzó el segundo puesto, y el tercero, un café originario de Finca Las Margaritas.

Las búsquedas de Café Devotion

Steven Sutton, promotor de Café Devotion, ha llevado el consumo al mayor nivel de servicio en su Botica del Café, en Bogotá. Foto de www.revistadiners.com.com

La representación exclusiva de ambos productos en Colombia está a cargo de Café Devotion, comercializados con las marcas Devotion Geisha Reserva Especial (Finca Cerro Azul) y Devotion Blueberry Mountain Geisha (Finca Las Margaritas).

“Nos complace que Granja La Esperanza haya encontrado en Café Devotion su aliado nacional para la comercialización de estos tesoros”, dice Steven Sutton, gerente general de esta empresa distribuidora, que cuenta con una boutique especializada en el nuevo Hotel Hilton Bogotá.

Debo decir que, aunque resulta estimulante que los consumidores extranjeros vean a los cafés colombianos como únicos e inimitables, es triste que estos valores se aprecien más fuera que dentro del país.

“Por eso, dar el gran salto para una mayor apreciación de nuestros cafés es el reto del programa Colombia Toma Café”, dice Ana María Sierra, su coordinadora ejecutiva. “Definitivamente, necesitamos aprender y saber más de nuestros productos. Si los críticos y consumidores más exigentes ya lo han hecho, no hay ninguna razón para que los colombianos no lo logremos”.