Botella y etiqueta del nuevo vino Cool Coast, de Casa Silva. Foto tomada de www.chilean-wine.com

Durante mucho tiempo, armé viaje a San Fernando y Santa Cruz –a dos horas y media de Santiago– para explorar todos los posibles rincones del Valle de Colchagua, un reducto de grandes vinos tintos, que cruza transversalmente Chile desde la Cordillera de los Andes hasta la costa pacífica. En su territorio se asientan, entre otras, algunas de las bodegas más reconocidas del país andino, como Casa Lapostolle, Viña Montes, Los Vascos, Santa Rita, Casa Silva, Cono Sur, Santa Helena, Siegel, Bisquertt y Emiliana.

De la mano del enólogo Mario Geisse, en cuya casa me hospedé con mis hijos un par de ocasiones, me adentré en el mundo del Carménère, una de las variedades más difíciles de cultivar, pero que en Colchagua ha encontrado su hábitat perfecto. También me familiaricé con los Syrah, Cabernet Sauvignon e, incluso, con los Malbec. Sí, los Malbec, que elabora José Migual Viu, de Viña Viu Manent. Colchagua, gracias a su clima seco y cálido, da incluso para desafiar a Argentina en la producción esta variedad.

A la caza de nuevos tesoros

Buscador de los más recónditos secretos de la tierra, Geisse, quien asesora a varias bodegas de la zona, participó activamente en un proyecto para Casa Silva, consistente en demostrar que el extremo intocado de Colchagua –es decir, el que colinda con el Océano Pacífico– sería ideal para experimentar con vinos blancos y tintos ligeros. En este lugar el clima frío y templado es predominante. Y fue así como recibió el aval de sus directivos para implantar viñedos de Sauvignon Blanc y Pinot Noir en una zona llamada los Paredones, a siete kilómetros del mar. Y debo decir que los primeros resultados del Sauvingon Blanc Cool Coast de Casa Siva tienen fascinada a la crítica especializada (la primera cosecha fue en 2009).

A diferencia de otras zonas costeras chilenas como Casablanca, Leyda, San Antonio y Valle del Rosario (ubicadas más al norte de Colchagua), que poseen suelos franco-arenosos finos, Paredones, en Colchagua, tiene bajo sus pies unos depósitos impresionantes de cuarzo, que dan al vino un toque mineral poco común. Y a esto se suma un hecho no menos importante: Paredones está regida por un clima netamente marítimo, en vez de ser, simplemente, un lugar con influencia del océano. De tal manera que la salinidad del aire se posa sobre las pieles de la uva y ayuda a construir una complejidad que muy contados vinos en el mundo pueden ostentar.

Ideal para blancos con carácter

Además, la zona de Paredones –o la Cool Coast de Colchagua, como ya se le comienza a conocer– tiene temperaturas máximas de 25 grados centígrados, lo que hace que los racimos maduren a paso lento, acumulando un arsenal de aromas, con predominancia de descriptores cítricos, minerales y salinos.

Pero tal vez lo más importante es que el moderado clima marítimo acentúa la presencia de la acidez natural, garantizando gran frescura en nariz y boca.

Confieso que la primera vez que oí hablar de la Cool Coast de Colchagua fue el pasado martes, en Bogotá, cuando el enólogo José Ignacio Maturana, de Casa Silva, vino a Colombia a mostrar, entre otros vinos, este agradable Sauvignon Blanc, que me atrajo por su largura en boca, su intensidad, su acidez, y por su promesa futura. A mi pregunta de si la Cool Coast es, como concepto, propiedad exclusiva de Casa Silva –por ser el precursor–, Maturana me respondió que varias bodegas de la zona ya se han interesado en plantar en la región. Qué buena noticia.

Esto es lo interesante del Nuevo Mundo: que, de buenas a primeras, surge para el vino una nueva área inexplorada, que, rápidamente, fija nuevos estándares en un mundo para beneficio y placer de nosotros, los consumidores.