Tormenta de granizo en evolución. Foto tomada de www.escharlotte.com

Silvio Alberto tiene la apariencia de un roble indestructible: alto, fuerte, de manos gruesas, voz segura y mirada profunda. No pareciera preocuparle nada, al menos, a primera vista.

Ha comenzado el otoño en el Cono Sur y falta un día para recoger la última uva de la temporada, y Alberto (este es su apellido) junta las palmas de sus manos y se las lleva al pecho, en señal de súplica al cielo. “Ruego porque el clima se mantenga porque todavía debemos levantar cientos de kilos”.

Estamos en la última semana de abril y el otoño llega al oeste argentino con sus fríos mañaneros y nocturnos, y con sus sugestivos cambios de colores. Sin embargo, el riesgo de helada es inminente.

La noche anterior las temperaturas han estado apenas sobre cero, y no faltó nada para que el rocío congelara los racimos, poniendo en riesgo buena parte de la cosecha de Cabernet Sauvignon. En este punto, un imprevisto de la naturaleza sería desastroso para su bodega, que el año pasado padeció una inclemente tormenta de granizo. Muchas plantas se fueron al piso y castigaron duramente las arcas de la compañía. De manera que no es momento de permitirse un episodio similar.

Sin embargo, este es sólo uno de los peligros que se ciernen periódicamente sobre Alberto, quien, como enólogo-jefe y gerente general de Bodega DiamAndes, debe responder por la estabilidad del negocio. DiamAndes es un emprendimiento de capitales franceses, establecido en Argentina, en el Valle de Uco (zona alta de Mendoza), junto a otras cuatro bodegas del mismo origen, dentro de un ambicioso proyecto llamado Clos de los Siete. Igual que DiamAndes, existen cientos de bodegas avocadas a un riesgo similar en Argentina. En otros países como Chile, Uruguay, Australia, Sudáfrica y Nueva Zelandia ocurren amenazas similares, agudizadas ahora por el cambio climático. Y lo curioso es que todo esto se desarrolla a espaldas del consumidor.

Hacer vinos tiene, sin duda, su lado romántico. Pero la quimera puede terminar, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

La “piedra”

En cuestión de minutos, las bolas de granizo pueden destruir totalmente un viñedo. Foto tomada de www.radioazul.es

Los argentinos llaman “piedra” al granizo. No hablamos aquí de las pequeñas bolitas que descienden sobre la tierra en otras lugares del planeta.  Lo que cae del cielo, en extensas zonas del hemisferio austral –pero, especialmente, en el cinturón vitivinícola argentino–, son, literalmente, piedras de hielo, del tamaño de una bola de golf o, incluso, de tenis.

Estás granizadas, consecuencia de tormentas intensas, pueden dejar a un viñedo sin ninguna planta en pie. Las pérdidas no son sólo a corto sino a largo plazo, pues la planta queda muy maltratada y necesita un par de cosechas para recuperarse.

Las bolas de granizo también matan animales y personas, y destruyen automóviles y viviendas. Pese a todos los avances de predicción metereológica, la piedra llega sin avisar.

Viento Zonda

El paso del viento zonda puede afectar seriamente las hojas y los racimos de la vida. Foto tomada de www.pmarg.org

Esta intensa corriente de aire se forma en el Océano Pacífico, cargada de humedad. Pero al tropezar contra la Cordillera de los Andes, del lado chileno, el agua se descarga en mitad de la montaña y el viento resultante se torna seco y caliente al pasar al otro lado de la frontera. Además, toma velocidades superiores a los 100 kilómetros por hora. Como baja rozando las paredes de las rocas, se carga de electricidad. Una ráfaga de Viento Zonda puede deshidratar las plantas y secar las hojas y los frutos. También levanta nubes de arena y cambia la presión atmosférica, obligando a las personas a guardar reposo. Aunque hoy día es factible preveer su ocurrencia, muchas veces ataca sin anuncio previo. Sus efectos se sienten mayormente en la parte central de Argentina, donde tiene asiento la mayor parte de la producción vitivinícola nacional.

Vientos huracanados

El vastísimo territorio de la Patagonia, donde el horizonte se confunde con el azul del firmamento, los vientos fuertes son asunto de todos los días. Ráfagas furiosas cruzan por las interminables estepas, acabando con lo que encuentren a su paso. Las nuevas zonas productoras de Neuquén han tenido que plantar hileras de álamos alrededor de las fincas para bloquear las furiosas corrientes de aire.

 Heladas

Las heladas se presentan en primavera y otoño, y también son una amenaza latente. Foto tomada de www.fingerlakes1.com

Suelen llegar en primavera y otoño, cuando la planta está en el momento más frágil. Su sorpresiva visita es temida por las bodegas por los efectos destructivos en los viñedos. Como la mayoría de los cultivos se encuentra a los pies de Los Andes y en medio de vastas zonas desérticas, la alarma se mantiene encendida.

Sol abrasador

Aunque la luminosidad del Hemisferio Sur es esencial para el adecuado desarrollo de la vid, el exceso de radiación causa daños irreversibles. Las uvas pueden perder sus propiedades si no se accionan métodos de protección. Unos son naturales (cobertura con las hojas) y otros artificiales (mallas de reducción luminosa. Para las vides, el Sol es tanto aliado como enemigo.

Quienes cuidan de la vid bajo estas condiciones, como Alberto, son héroes silenciosos porque viven, día y noche, bajo una amenaza inminente. Nunca pueden darse el lujo de bajar la guardia.

Fuera del encanto de hacer vinos, la vitivinicultura es un campo minado de riesgos. Se enfrentan y se controlan, y, por esto mismo, los vinos resultantes deben merecer de parte nuestra un aprecio especial por el simple hecho de deleitarnos la vida.

Enfermedades de la vid

El oidio es una de las enfermedades más frecuentes que atacan a la planta. Foto tomada de www.publispain.com

Oidio. Es un hongo que ataca hojas, brotes y frutos, como consecuencia de la humedad producida por la lluvia. Aunque las precipitaciones son escasas, la ausencia de viento en algunas zonas de altura pueden favorecer la aparición de la enfermedad, que genera deformaciones y rompimiento de la piel de la uva.

Botritis ó podredumbre gris. Se ensaña con los racimos próximos a la maduración. Simplemente los deseca antes de la cosecha. Por lo general, actúa si el grano ha sufrido laceraciones generadas por animales o por la acción de la lluvia.

Filoxera. Esta enfermedad, que ataca las hojas y las raíces de la parra, es devastadora, si no se controla a tiempo. A mediados del siglo XIX, acabó con la mayor parte de los viñedos europeos.