Los hermanos Javier y José Moro. Foto tomada de www.vinissimus.com

Yo la llamo la escuela de los inconformes. A ella pertenecen algunos viñateros europeos, que, hartos de las estrictas normas impuestas por las denominaciones de origen de sus países, han decidido hacer las cosas a su manera, sin preocuparse por los castigos o la displicencia de los entes reguladores.

Es el caso de la cofradía de los supertoscanos, conformada por miembros de prestantes familias italianas como los Antinori, los Incisa della Rocchetta y los Frescobaldi. A mediados de los 70, optaron por utilizar variedades de uva y sistemas de elaboración no autorizados por la ley. Como castigo, se les relegó a la posición menos vistosa de la clasificación italiana, o sea, a la de los vinos de mesa. Pero, por años, han sido los “vinos de mesa” más caros del mundo.

Entre los supertoscanos están marcas como Ornallaia, Sassicaia, Tignanello, Solaia, Magari y Picconero. Lo curioso es que estos vinos despiertan tanto o más interés entre los coleccionistas que los más tradicionales ejemplares, muchos de ellos manejados por entes como la Denominazione di Origine Controllata (DOC) o Denominazione di Origine Controllata e Garantita (DOCG).

Según las reglas internas de estos órganos, los productores de la región de la Toscana están obligados a utilizar el Sangiovese como varietal dominante. Pero los supertoscanos decidieron virar hacia cepas de origen francés como Cabernet Sauvignon y Merlot. La razón es que, tanto dentro como fuera de Italia, el uso de capas bordelesas, por ejemplo, aumentan complejidad a los vinos y los diferencia de otros productores italianos.

En España, otro gran rebelde ha sido Juan Carlos López de la Calle, de la bodega Artadi, en la Rioja. López dice que su familia lleva varias generaciones elaborando vinos en la zona y, por lo tanto, nadie puede establecer qué variedades de uva utilizar y en qué proporciones, y por cuánto tiempo envejecer los vinos. En consecuencia, López no adhiere a clasificaciones como joven, roble, crianza, reserva y gran reserva. Sus vinos se llaman, por ejemplo, Artadi Grandes Añadas o Artadi Pagos Viejos. Más que la legislación, López dice que “el valor de los grandes vinos está estrechamente ligado a la tierra y a sus gentes; nada más”.

Hace unos meses tuve la oportunidad de hablar extensamente con López, cuya visión de futuro, dice, está en el pasado. Con gran convencimiento, resalta que para avanzar, hay que devolverse, “sin nadie que le diga a uno cómo hacerlo” (a quien le interese, puede buscar la entrevista en www.hugosabogal.com).

Esta semana encontré otro caso de sana rebeldía, representado, en esta ocasión, por la bodega Emilio Moro, de Ribera del Duero, también en España.

La “rebeldía” de Emilio Moro

José Ignacio Andrés, gerente comercial de Emilio Moro. Foto de Hugo Sabogal

Durante un reciente almuerzo, José Ignacio Andrés, encargado del área de exportaciones de esa bodega, me contó el motivo que los llevó a abandonar el modelo de clasificación tradicional radica en el profundo deseo de la familia Moro de optar por un sello único y personal. “En realidad, nadie puede decirle a uno cuál debe ser su identidad; la identidad, es ante todo, un reflejo del suelo y del clima de un lugar, y eso no puede establecerse por ordenanza”.

Y recalca que quien elabora el vino sabe, perfectamente, cuándo está completamente listo, independientemente de si pasa en añejamiento uno, tres o cinco meses.

La razón es que la norma jurídica española establece que un vino, para poder llamarse de crianza , debe pasar un mínimo de seis meses en barricas de roble y hasta dos años en botella. El de reserva debe pasar un mínimo de un año en madera y hasta tres años en botella; y uno de gran reserva, tiene que estar estacionado en barricas de roble por un mínimo de dos años en madera y hasta cinco en botella.

Vinos únicos

Según Andrés, la fortaleza de Emilio Moro radica en un clon de Tinto Fino (como se denominan el Tempranillo en Ribera del Duero), que ha sido cultivado y cuidado durante generaciones. “Este patrimonio le otorga a nuestros vinos un carácter final propio”, dice Andrés.

La bodega envasa cinco vinos bajo su marca-bandera, que son: Finca Resalso, Emilio Moro, Malleolus, Malleolus de Valderramiro y Malleolus de Sanchomartín. Todos impresionan por un carácter inconfundible, en el que sobresale una acidez vertebral, que los hace frescos y vibrantes en el paladar, y, por supuesto, una concentración de taninos firmes, pero amables, que aportan solidez, carácter y longevidad.

Los proyectos sociales de Emilio Moro

Un giro interesante de la bodega Emilio Moro es que dedica parte de la venta de sus vinos a construir un fondo para dotar de agua potable a las personas necesitadas del mundo. El manejo de estos proyectos está a cargo de la Fundación Emilio Moro, que ya ha estado ligada a programas de potabilización en Sri Lanka.

Por otro lado, y como fruto de la amistad de la familia Moro con el chef peruano Gastón Acurio, la bodega ibérica patrocina parte de un programa del cocinero suramericano en Pachacute, provincia de Ica, que consiste en formar cocineros entre jóvenes de escasos recursos de la zona. Después de graduarse, los jóvenes son contratados por los restaurantes de Acurio en Perú y el resto del mundo. Ahora la Fundación Moro le está apostando a un proyecto similar para hacer de estos jóvenes expertos en el vinos.