García tarda cuatro horas yendo y viniendo de su lugar de trabajo favorito. Foto Hugo Sabogal.

Todos los días, Cristian García, mendocino de nacimiento, se despierta antes del amanecer y toma su auto para viajar, durante dos horas y algo más, hasta la población de San Carlos, al suroeste de la gigantesca provincia de Mendoza, en Argentina. Igual hacen otros colegas suyos, quienes, al anochecer, gastan otro tanto para regresar a casa. ¿La recompensa? Alcanzar una serie de resultados únicos en sus trabajos.

A pesar de que el suroeste mendocino, en el llamado Valle de Uco, ha atraído una fuerte presencia de inversiones extranjeros y locales, la zona apenas está comenzado a ponerse al día en materia de infraestructura educativa, cultural y de servicios.

¿Qué es, entonces, lo que ofrece este nuevo paraíso vitivinícola, que, a pesar de sus limitaciones prácticas, tiene encantada a la comunicad de hacedores y consumidores de vino en todo el mundo?

Para García, son seis los beneficios y valores agregados. En su orden (aunque no necesariamente de importancia), figuran la proximidad a la Cordillera de los Andes, un componente avasallador del paisaje, que impacta con sus picos coronados por nieves perpetuas. La segunda es la radiación solar o heliofanía, que garantiza horas constantes de sol para alcanzar maduraciones plenas. En tercer lugar está la disponibilidad de aguas puras de deshielo para regar los viñedos y asegurar así la sana hidratación de las plantas en un entorno seco y desértico. Por otra parte, la pobreza de los suelos –pedregosos y henchidos de nutrientes minerales– y el escaso régimen de precipitaciones conforman otras dos virtudes típicas de la zona. En sexto lugar figura la dilatación del inverno, que asegura reposo para las plantas y acumulación de reservas para la época del brote.

Quizás un consumidor desprevenido no se apasione con estos elementos, pero García y a los más reconocidos viñateros nacionales e extranjeros se consideran afortunados de estar allí. En la actualidad, no hay bodega de trascendencia que no tenga instalaciones o terrenos en la zona. Los más modestos han firmado, por lo menos, acuerdos de largo plazo para comprar uva procedente de la región.

Cuando  menos es más

Valle de Uco: una zona de grandes contrastes. Tomado de www.sibaritia.com

¿Cómo puede ser una ventaja la pobreza del suelo? La falta de capa vegetal, explica García, produce plantas de baja productividad. Este factor se expresa en racimos y frutos pequeños, pero altamente concentrados, desde el punto de vista aromático y gustativo. Además, las uvas adquieren gran intensidad de color y una elevada acidez natural, lo que se transforma en vinos de gran expresión y elevado potencial de vida útil. Tanto o más importante es la mayor altura relativa y la vecindad de las nieves perpetuas, que generan bajísimas temperaturas nocturnas, permitiéndole a la planta descansar y extender su ciclo de maduración. “El resultado final”, añade García, “está compuesto por vinos de gran elegancia y armonía, como los nuestros”. Y como la acidez natural es más pronunciada que en otras zonas (“quizás a mi abuelo, acostumbrado a los vinos cocidos y calientes del pasado, no le habrían gustado los del Valle de Uco”, dice García), los viñateros de estos terruños saben que deberán educar al consumidor sobre las virtudes de este rasgo particular, que, después de todo, es la columna vertebral de los grandes vinos del Viejo y del Nuevo Mundo. “Un bordolés sin acidez natural simplemente no existe”.

Entre los latinoamericanos, es cierto, la acidez natural es un beneficio todavía por reconocer, pero cuando lo asimilan, nunca dan marcha atrás. Y García agrega: “por eso, los conocedores ven al Valle de Uco como un nuevo edén”.

Todos estos encantos, sin embargo, no son gratuitos. Las heladas tardías pueden llegar a arruinar una cosecha en pocas horas, como le ocurrió a los vinos de alta gama de Finca La Celia en 2005. Toda la fruta se arruinó y esa añada no existe en el inventario. El consecutivo salta del 2004 al 2006.

Otro gran enemigo es el granizo. No en vano,  los mendocinos lo llaman “piedra”, porque cada bola es más grande que una pelota de golf. Una granizada de este tipo no sólo tumba hojas, frutos, ramas y troncos, sino que perfora los techos de casas y autos, y no pocas veces causa la muerte de animales y personas.

Aún así, dice García, no hay mejor paraíso para los vinos que esta preciosa y alejada región vitivinícola. “No la cambiaría por nada. Así es mi Valle de Uco”.

Tolerancia máxima

Un invierno intenso, pero soleado. Tomado de www.vinesofmendoza.com

La aparición de heladas tardías, a principios de noviembre, se tolera en silencio en Finca La Celia. “Si llegó, llegó, y punto”. La alternativa de quemar queroseno u otro tipo de combustible para calentar el aire no se aplica en dicha empresa, que es propiedad del Viña San Pedro Tarapacá Wine Group, de Chile. “Tenemos cuatro reconocimientos de ISO y todos tienen un denominador común: el respeto al medio ambiente. Y eso es algo que no sacrificaremos”, dice García.

El granizo, en cambio, los ha obligado a cubrir con mallas protectoras gran parte de los viñedos dedicados a los vinos finos. Estas mallas actúan a manera de sombra, lo que extiende el proceso de maduración. En las zonas más vulnerables de Mendoza, el uso de este recurso está generalizado y ha demostrado, incluso, que permite alcanzar mayoras niveles de equilibrio y armonía en los vinos.