Muchos siglos de historia y vinos han pasado por Casa de Vila Verde.

Con excepción de Portugal, Alemania, Brasil y Estados Unidos, el Vinho Verde (o Vino Verde, en español) es un ejemplar de desconocida estirpe entre el resto de los consumidores habituales de vino. Para empezar, son pocos los importadores y comercializadores del mundo (fuera de los mercados antes mencionados) que se atreven a incluirlo en sus portafolios por variadas razones: una es su bajo contenido alcohólico y su expresión frizante que, si no se maneja con maestría, lo acercan más a un refresco que a un vino; y otra –no menos importante—es su predominante manejo industrial y poco selectivo, que lo pueden convertir en un producto de encantos desvanecidos.

Dicho todo lo anterior, es preciso recordar que el Vino Verde es uno de los estandartes vinícolas de Portugal, tan lusitano como el Oporto. Su facilidad de consumo y su excelente afinidad con los mariscos lo convierten en la bebida de elección durante el verano. Es así que, en las calurosas tardes de estío (a la orilla del mar o al borde de una piscina), cientos de miles de portugueses lo prefieren antes que una limonada o una gaseosa, condición que puede llegarlo a poner en un nivel de bajo refinamiento. De manera que encontrar un Vino Verde de calidad es tarea bien difícil.

La conexión lusitana

El verdor de los viñedos de Minho es inconfundible. Foto de www.premiumwines.com.br

Antes que nada, vale la pena refrescar algunos puntos substanciales sobre su origen,, historia y evolución. Ante todo, el nombre de Vino Verde alude a una de las denominaciones de origen controladas de Portugal, protegida tanto por la legislación portuguesa como por la de la Unión Europea. La expresión “verde” define la gran riqueza vegetativa circundante (producto de las constantes precipitaciones), que le da al paisaje la intensa tonalidad del color de la esperanza.

Su radio de acción es la región de Minho, en el extremo norte del país, donde, por razones climáticas, los blancos encuentran un mejor entorno que los tintos.

Para la preparación de los blancos se utilizan cinco variedades de uva locales: Loureiro, Arinto, Trajadura, Avesso y Azal. Sin embargo, las tres primeras son las más usadas. El producto final es una mezcla en la que se manifiesta lo mejor de cada cepa: la Loureiro, por ejemplo, presenta atractivos aromas frutales y un alto índice de acidez, factor clave a la hora de estimular el paladar; la Arinto aporta insinuaciones cítricas y refrescantes; la Trajadura (de hollejo grueso) otorga cuerpo y estructura. No hay que esperar, sin embargo, un volumen de alcohol significativo: generalmente oscila entre los nueve grados y los 11 grados por volumen.

La zona de Minho también se caracteriza por la excelencia de su Alvarinho, una de las uvas más sensuales, elegantes y aromáticas del universo de las cepas blancas. La leyenda dice que fue llevada a Minho y Galicia, en el siglo XII, por los monjes de Cluny, quienes aparentemente la descubrieron en el norte de Francia y en el sur de Alemania. Alvarinho o Albariño traduce, literalmente, “blanco del Rhin” y, se asegura que es pariente de la germana Gewürztraminer. Aparte del norte de Portugal y España, la Alvarinho no ha podido encontrar suelos ni climas apropiados en el resto de la geografía vitivinícola internacional.

Los tintos de esta denominación, hechos con cepajes también locales –como Borraçal, Amaral y Vinhao– son demasiado tánicos y, en consecuencia, notoriamente astringentes.

Al ser Minho la zona portuguesa más poblada –y la más histórica, pues fue la inicial Lusitania romana–, la producción vitivinícola necesita concentrarse en altos volúmenes, dejando poco espacio para elaboraciones más cuidadosas. De hecho, no hay más de cinco casas dedicadas a hacer vinos de alta gama, bajo las denominaciones Vinho Verde y Minho.

La Casa de Vila Verde

Francisco Pinto da Mesquita Dias, heredero de una larga tradición.

Una de los emprendimientos más conocidos y antiguos es Casa de Vila Verde, cuyos dueños actuales, los Pinto da Mesquita, están ligados a la zona desde el siglo XII. Francisco Pinto da Mesquita Dias Costa, especialista en gestión y mercadeo, es el descendiente encargado de mantener con vida a Casa de Vila Verde, cuyos registros históricos como propiedad vitivinícola datan del siglo XVII.

El vino Casa de Vila Verde Vinho Verde se elabora con extremo cuidado y delicadeza. Para potenciar su kaleidoscopio aromático, cada uva se convierte en vino por separado y después se mezclan los caldos hasta lograr una expresión unificada. Son notorias sus notas cítricas, especiadas y a durazno verde, con un trasfondo de cáscara de naranja y una estructura mineral (grafito es la base del subsuelo). Es, sin duda, un proceso de elaboración lento y costoso, pero justificado, y claramente distinto al de vinificar todas las uvas juntas, sin selección individual, como hacen los productores de volumen.

El Alvarinho, por su parte, se siente cítrico y mineral, con notas complementarias a manzana verde.

Finalmente, tanto el Vinho Verde como el Alvarinho de gama alta han obtenido calificaciones en torno a  los 90 puntos en las publicaciones especializadas. Pero lo mejor de la historia es que, a pesar de su calidad y unicidad, ambos están en un rango de precios que fluctúa entre los 25 y los 40 mil pesos. Para todos los efectos, se trata de un grato descubrimiento.

Ligazón histórica

La vendimia en Casa de Vila Verde es una tradición de larga data.

Casa de Vila Verde es una propiedad ancestral, que, a lo largo de los siglos, ha dado abrigo a algunas de las familias más influyentes de Portugal. También ha sido uno de los clanes más cercanos al entorno monárquico portugués. Sus miembros han sido militares y abogados, con ramificaciones en los círculos de poder. La edificación es el producto de adecuaciones a lo largo de los siglos, y hoy es un monumento nacional (aunque todavía  es una estancia familiar). Uno de sus viñedos yace sobre lo que fue una vieja vila agrícola romana. Y pasos más allá existe un cementerio visigodo, de gran valor histórico. Estos elementos de estirpe son el trasfondo de un trabajo pulido y de gran calidad, tanto en el viñedo como en la bodega.