Los vinos españoles no la han tenido fácil en tierras americanas. En las épocas de la Conquista y la Colonia, el primer gran escollo fue la distancia. Este sólo hecho hizo imposible surtir a las huestes colonizadoras con vinos de la Madre Patria. Ningún producto llegaba en buenas condiciones después de la larga travesía marítima y, por eso, fue preciso lanzarse a la búsqueda de territorios donde la vid pudiera crecer sin dificultad. Y así, desde 1525, fueron surgiendo zonas aptas para el crecimiento de las parras en México (1525), Perú (1538), Chile (1548) y Argentina (1561). Las características de los productos hechos en estas zonas y la proximidad a los consumidores condujeron a un instantáneo boom del vino americano, lo que muy pronto llevó al régimen monárquico del rey Felipe II a prohibir no sólo la elaboración de la bebida, sino el cultivo de la vid.

Pero la presión de la demanda no impidió que los colonos continuaran produciendo vino para satisfacer tanto sus necesidades alimenticias (el vino era el medio natural de hidratación en las comidas), como para abastecer a la iglesia con vinos para consagrar. Al final, la rebeldía americana se impuso, y hoy los vinos americanos se han convertido en un importante motor económico y de prestigio para las ex colonias, y en una clara competencia para los países vitivinícolas  europeos.

Entendiendo el paladar latinoamericano

El paladar genético latinoamericano privilegia lo dulce como resultado de la abundancia de frutas maduras.

Y aunque la presencia del vino español se mantuvo durante los siglos posteriores, el porcentaje de participación ha sido irregular, con una clara tendencia a la baja. Aparte de la distancia –que sigue siendo un obstáculo– han existido, también, otras barreras como los impuestos y aranceles. Pero lo más significativo es que, comparados con muchos vinos americanos, los españoles no se han acomodado con facilidad al paladar de los nuevos consumidores del continente, quienes reclaman bebidas más suaves, es decir, con niveles de acidez y astringencia tolerables. Los europeos, en cambio, prefieren que estos componentes tengan más firmeza.

Finalmente, los bodegueros españoles decidieron oír y actuar, y los resultados están saltando a la vista. Desde Puerto Rico, México y Centroamérica hasta los países andinos, las tradicionales marcas españolas de la Rioja y Ribera del Duero se sienten más frescas y amables, y han comenzado a verse acompañadas de un sinnúmero de nuevas etiquetas, algunas de ellas de lugares como La Mancha, Navarra, Somontano, Penedès y Priorato. Y tanto unas como otras –a juzgar por el creciente volumen de ventas– han comenzado a ganar nuevos adeptos, sin decepcionar a los más leales. Y otro elemento de enganche es que sus precios son hoy más asequibles.

Colombia, en particular, está liderando está nueva avanzada, y así lo pude evidenciar en la última versión de Expovinos 2011, en el recinto de Corferias. Y si bien es cierto que los vinos del Cono Sur (Argentina y Chile) siguen siendo los de mayor difusión entre los consumidores (en parte, debido a beneficios arancelarios y a la proximidad geográfica y cultural entre productores y bebedores), España ha ido aumentando su presencia de una manera sorprendente. En nuestro mercado, por ejemplo, ha aumentado del 2% al 12% su porcentaje de participación. Y lo mismo ha ocurrido en otros países latinoamericanos. Una mirada a las cartas de vinos de la mayoría de los países de la región revela rápidamente que Chile, Argentina y España dominan la escena.

Aromas de cambio

Los nuevos vinos de la Rioja hacen juego con sus modernas bodegas.

¿Cómo explicar el repunte ibérico? En verdad, la actualización del estilo de los vinos españoles ha sido un factor determinante. En su mayoría, los productores han decidido reducir los tiempos de añejamiento y sacar un paso al frente los encantos de la fruta. En un pasado, no muy lejano, los productos peninsulares generaban rechazo entre los nuevos aficionados debido a sus excesivas sensaciones balsámicos, casi avinagradas. Eran sabores que gustaban en el mercado de origen, pero no en este lado del mundo.

En la actualidad, y casi sin excepción, regiones tradicionales como la Rioja y Ribera del Duero producen vinos con un talante más propio del Nuevo que del Viejo Mundo, sin perder su dimensión clásica y europea.  Si duda, la fórmula ha funcionado.

Hallazgos compartidos

Y así pude comprobarlo personalmente durante una larga degustación de un significativo grupo de vinos importados disponibles en Colombia. Por pedido del Grupo Éxito (cadena organizadora de Expovinos), la tarea evaluativa fue encomendada al reconocido crítico chileno Patricio Tapia, quien me invitó a compartir con él esta rara experiencia. También se sumaron los sommeliers peruanos Víctor Kompanichenko y José Bracamonte. Frente a nosotros había más de 200 botellas.

En promedio, dedicamos entre tres y cinco minutos al análisis de cada muestra, tiempo suficiente para apreciar virtudes y defectos. La ventaja de probar una copa tras otra, y un punto de origen tras otro, es que siempre permite establecer similitudes y diferencias. Rápidamente apreciamos que los renovados vinos de España sobresalen frente a muchos de los productos de otras zonas productoras. Atraen por la sencilla razón de que no pierden su legado, pero sí intentan –y consiguen hacerlo– ajustarse más al paladar genético de consumidores latinoamericanos que, más que vino, toman jugos, refrescos y cervezas con sus comidas.

Admito que no todos los vinos españoles –clásicos, renovados y de reciente aparición en el mercado– estaban presentes en la muestra. Pero lo que sí es cierto que figuraban allí los responsables de marcar las tendencias.

No pierden vigencia, por ejemplo, casas como las del Marqués de Riscal, Marqués de Cáceres, Muga, Sangre de Toro, Tío Pepe y Marqués de la Concordia. Mantienen su complejidad y personalidad, pero son más abordables. Marcas de más reciente importaciónn, como LAN, Beronia, Castillo de Liria, Enate, Torremilano, Corimbo, Mayor de Castilla, Casa Ibáñez y Casa de la Cabeza, también se han adaptado con facilidad a las expectativas de nuestros mercados, como lo pudimos captar en el mencionado análisis compartido y en otras degustaciones individuales. Y si se trata de destacar los encantos de las nuevas glorias españolas, ahí están, para sorprendernos y atraparnos, Puntido, San Vicente, Prado Rey, Roda, Dalmau, Carmelo Rodero, Pesquera, Condado de Haza, Birrei, Emilio Toro, Valduero, Fariña, Cune y Arzuaga., entre muchos otros

Esta nueva armada española no tiene cañones ni sables. Tampoco pretende conquistarnos. Pero sí es un nuevo frente de experiencias placenteras que, por lo visto, ha llegado aquí para quedarse.