Juan Noguera Merle lleva por el mundo el mensaje del Marqués de Cáceres, el gran vino español creado por su familia. Foto El Espectador

En tierras americanas, no es corriente encontrarse con un marqués de carne y hueso, con títulos de familia traspasados desde hace ocho generaciones, a lo largo de tres siglos. Pero es menos común toparse con un noble dedicado a tareas comerciales y de promoción, y un pasaporte siempre listo para hacer presencia en más de un centenar de países done su marca está presente.

Pero un marqués, claro está, no puede difundir las virtudes de un jabón o un refresco, por tratarse de productos mundanos y de bajo prestigio para un favorito de sus altezas reales. Los nobles, en realidad, están para otros menesteres como las artes, las organizaciones de caridad y la imagen-país. O para el vino, aunque, a decir verdad, no existen muchos hidalgos vivos asociados a marcas prestigiosas de dicho producto.

Pero Juan Noguera Merle no sólo es diferente en eso. Tampoco es un marqués que vaya por ahí montado en carrozas ni en costosos caballos, y, menos aún, en negras limosinas o camionetas blindadas, rodeado de escoltas robustos y armados hasta los dientes, como suele ocurrir algunos plebeyos colombianos. Juan (porque así me pidió que lo llamara, y no Excelencia, como mandan las normas) anda en una scooter por las calles de Valencia, su ciudad natal. Hasta lleva un iPod en el bolsillo. “Recientemente, en un reportaje, dijeron que había cambiado mi corona por un casco, pero eso no me molesta”. La sencillez es el talante más notorio de su personalidad. Otro rasgo suyo es su gusto por el buen comer y el buen beber, aunque, en la actualidad, está bajo estricto régimen alimenticio. Tan estricto que se detuvo en cada plato de corte francés ofrecido por el restaurante Criterión, donde nos dimos cita. Se sintió muy tentado de pasarse la dieta por la faja, de no haber sido por la oportuna llegada del chef Jorge Rausch, quien le ofreció varias opciones para evitar los remordimientos de conciencia. Entonces optó por una tilapia al carbón, con poca salsa. Pero la abstinencia no incluyó el vino, y, por lo tanto, abrimos un Marqués de Cáceres Crianza para conversar y acompañar la entrada de carpaccio de mero, y un Reserva, para el plato principal.

El legado

Con una voz ronca y un lenguaje llano, Juan dejó en claro, por si acaso, que no es un experto en vinos, aunque conoce los laberintos del negocio como pocos. Su padre, Don Vicente Noguera y Espinosa de Los Monteros, llegó al rubro por invitación de su amigo Henri Forner, un valenciano que  inicialmente se había dedicado a producir vinos a granel para exportar a Argelia. Durante la Guerra Civil española, Forner se convenció que el futuro del negocio estaba en la calidad y se mudó a Francia. A su regreso, y atónito con la belleza natural de la zona de Ceniceros, en la Rioja Alta, creó una compañía e invitó a Don Vicente como integrante del equipo. Después de estudiar varios nombres (la razón social de la bodega era Unión Vitivinícola), propuso que la marca se llamara Marqués de Cáceres, pues Forner tenía dinero e inteligencia, pero nada que lo atara a la nobleza. Y los marquesados no están a la venta.  Don Vicente –protector de un título entregado por la Corona en el siglo XVII a Juan Ambrosio García de Cáceres y Montemayor, por méritos de guerra en la Armada Real– lo pensó dos veces. Quería evitar todo riesgo de imagen a su nombre y a su estirpe, muy cercana a la Casa Real. Al morir su padre, Juan heredó la responsabilidad de mantener en alto el nombre del marquesado y, en consecuencia, de cerciorarse, junto con la familia Forner, de que Bodegas Marqués de Cáceres mantuviera su compromiso con la excelencia.

Como Forner no quería jugar con su capital ni con el prestigio de su noble amigo, se asesoró del profesor francés Emile Peynaud, una de las máximas figuras de la vitivinicultura bordelesa, con quien trabajó en la readecuación de Château Camensac, un Gran Cru Classé, y Château Larose Trintaudon, un Crus Bourgeois Supérieur. Ambas casas mantienen hoy su esplendor. Hoy Marqués de Cáceres recibe el apoyo técnico de un alumno de Peynaud, el célebre enólogo Michel Rolland.

Marca innovadora

Forner montó Marqués de Cáceres en los años 70 y optó por un estilo muy apartado del tradicional riojano, consistente en añejar el vino en roble por excesivos periodos de tiempo. El suyo privilegiaría los sabores frutados y frescos. Además implantó la modalidad francesa de embotellar en origen y abastecerse de uvas del vecindario, algo que sus competidores no hacían. Marqués de Cáceres primero triunfó en España y luego en el mercado internacional.

Mientras los Forner han permanecido al mando del equipo financiero y técnico de la compañía –con Cristina Forner a la cabeza–, Juan, el actual Marqués de Cáceres, lleva la carga de la promoción en todo el mundo, visitando países y colaborando con los distribuidores en la difusión de la marca y sus productos. Dirige ferias y degustaciones, y cubre miles de kilómetros al año protegiendo la insignia. Y para dejar testimonio de su presencia, lleva consigo un marcador de tinta dorada para firmar botellas y dedicarlas a sus compradores. Algunos juran no abrirlas jamás.

Con un parque de 40.000 barricas de roble (a razón de US$600 la unidad),  así como una zona de guarda con capacidad para 10 millones de botellas y una producción de un millón de litros, Bodegas Marqués de Cáceres exporta la mitad de su producción a más de un centenar de países del mundo, con énfasis en Estados Unidos. Colombia es uno de los mercados latinoamericanos en ascenso.

De postre

 

El escudo de armas de la familia.

-Juan Noguera Merle es el octavo Marqués de Cáceres. Pero, además, es poseedor de otros dos títulos nobiliarios: Marqués de Casa Ramos y Marqués de La Eliana.  Por razones de ley, sólo los primogénitos varones recibían el bastón de mando. Hoy también pueden hacerlo las mujeres. La hija mayor de Juan es una chica.

-El Marqués de Cáceres no vive en castillos ni casas señoriales. Su residencia es un apartamento cómodo y moderno en Valencia.

-Cuando se creó la compañía, el notario responsable cuestionó la idea que un marquesado de Extremadura (Cáceres) sirviera de aval a una marca riojana, construida con capital valenciano. Pero fue el primer asomo del espíritu universal de la bodega.

-Una curiosidad: en el pasado, los marqueses respondían por una circunscripción geográfica llamada “marca”. Es justo lo que hace Juan con Marqués de Riscal. Los marqueses responden ante la ley por el mal uso del título.