En los últimos tiempos, el vino se ha convertido en una nueva obsesión para los consumidores y empresarios chinos. Por un lado, la bebida es vista como un símbolo de estatus entre los miembros de las clases media y profesional, y, por otro, millonarios e inversionistas se han ido de compras a Europa, adquiriendo algunas reconocidas bodegas en Francia, país al que los asiáticos consideran, por encima de cualquier otro, el alma de la vitivinicultura mundial.

La última gran incursión china en Europa se registró el pasado 31 de enero, cuando Philippe Raoux, conocido bodeguero de Pomerol y dueño de  Château d’Arsac, en la prestigiosa zona de Margaux, anunció la venta de otra de sus marcas, Château Viaud, en el distrito de Lalande-de-Pomerol, provincia de Burdeo. El comprador fue la empresa estatal china Cofco, cuyo principal negocio es la distribución de alimentos y vinos occidentales. Además, Cofco se convertirá en el agente de los vinos de Raoux, entre ellos Château d´Arsac. Además, el hijo de Raoux, Pierre, se mudará a China, donde, junto con los técnicos de Cofco, ayudará en la elaboración de un vino local, moldeado alrededor de los mejores clásicos bordeleses.

Lejos de ser una noticia aislada, la operación de Cofco forma parte de una tendencia que ya no tiene marca atrás. En noviembre del año pasado, por ejemplo, un multimillonario chino y un grupo de inversionistas de su país completaron la adquisición de Château Chenu Lafitte, situado en la zona de Côtes de Bourg,  también en Burdeos. Los detalles del acuerdo nunca se revelaron, pero se supo que el nuevo accionista mayoritario es un acaudalado empresario del transporte mercante, que, a su vez, ha encargado a su hijo –un estudiante de economía y ciencia política en Londres– de supervisar las operaciones.

Dos años antes, en 2008, otra importante casa vitivinícola francesa, Château Latour Laguens, fue la primera posesión importante de Burdeos adquirida por Longhai International, una compañía asiática.

Desde que China comenzó a fortalecer su actividad productiva interna,en los años 80, los vinos se transformaron en uno de los síntomas más visibles del despegue económico. Y tal ha sido el apetito de los consumidores locales por los vinos extranjeros, especialmente los franceses, que las compras chinas de vino francés han superado, en valor, los despachos a Inglaterra y Alemania, los dos países que, históricamente, han comprado la mayor cantidad de vinos franceses en el mundo. Para muchas casas francesas, China se ha convertido en su mayor comprador individual.

Una larga historia

Uno se preguntaría, a primera vista, cómo terminaron los chinos entre los más sedientos compradores de vino en el mundo. Pero la verdad es que, contrario a lo que pueda pensarse, la relación de China con el vino es de larga data. Se calcula que dese hace cerca de 5.000 años la bebida está presente en el país asiático, por cuenta de la inmigración de cientos de ciudadanos griegos en la antigüedad.

En chino, el nombre del vino se traduce como pú tao jiǔ. Al vino tinto, el de mayor consumo y el preferido por los hombres, se le llama hóng pú tao jiǔ; Al blanco, favorito entre las mujeres, se le conoce como bái pú tao jiǔ.

A pesar de que culturalmente las bebidas alcohólicas chinas se han elaborado con arroz, ciruelas, sorgo y liches, el vino elaborado con uvas vitiviníferas fue muy popular en la Edad de Bronce. Después entró en desuso, para recobrar su vigor durante las dinastías Han (a principios de nuestra era) y la dinastía Tang, entre los años 500 y 900 después de Cristo.

Salto a la modernidad

Durante el siguiente milenio, la elaboración local de vinos no tuvo ninguna trascendencia. Sólo fue hasta finales del siglo XIX cuando algunos ciudadanos chinos, que habían trabajado en el servicio diplomático, regresaron a su país para montar viñedos. Uno de ellos fue Zhang Bishi, quien se estableció en la provincia de Yantai. Unas de sus principales tareas fue importar uvas de alta calidad de Estados Unidos y Europa. Este emprendimiento sobrevive hoy con el nombre de Changyu Pioneer Wine. y es bueno recordar que la producción naciona, en la actualidad,l es casi cuatro veces mayor que el total de los vinos importados: 700 millones contra 250 millones, aproximadamente.

Hacia mediados de los años 80, cuando comenzaron a introducirse las primeras reformas económicas de gran calado, las grandes marcas de bebidas alcohólicas occidentales iniciaron su peregrinaje hacia Oriente, entre ellas Remy Martin. Y si bien es cierto que existe un predominio de etiquetas de origen francés, existen otras casas europeas, como Miguel Torres, de España, que también han puesto pie en el país asiático.

El vino y los “nuevos” chinos

A la par con el incremento de la producción local, que crece a un ritmo de entre el 15% al 20% anual (con cerca de 150 bodegas nacionales), se ha registrado, también, un ascenso notorio en el consumo, especialmente entre las clases media y profesional. En promedio, la tasa es de 0,40 litros anuales por habitante, o sea, menos de una botella. Pero con más de 1.000 millones de habitantes la cantidad final de vino consumido no es nada despreciable. Esto equivale a decir que, en diez años, China se transformará en el primer mercado de consumo de vinos en el mundo.

De igual manera, los vinos locales, con el apoyo de varias casas francesas y europeas, alcanzarán niveles de calidad equiparables con las mejores casas del Viejo Mundo, según varios especialistas que siguen de cerca el fenómeno.

Por todas estas razones, ya no existe un solo productor que no tenga a China en su radar. De esta forma, el hóng pú tao jiǔ (vino tinto) y el bái pú tao jiǔ (vino blanco) ya no serán un feudo exclusivo de los consumidores occidentales. La fiebre amarilla por el vino, sin duda, ha llegado para quedarse.