Foto: Cordón del Plata, en Mendoza

Cada vez que alguien se deja atrapar por la Cordillera de los Andes, especialmente en sus partes más abruptas y desoladas, siente, literalmente, que la vida es un soplo. Este majestuoso nudo montañoso –el segundo después del Himalaya– se originó hace 25 millones de años, muchísimo antes que cualquier forma de civilización en el continente.

Dividida en tres grandes zonas, la Cordillera de los Andes, en sus 7.000 kilómetros de largo y 200 kilómetros de ancho (en su punto más extendido), acoge todos los climas: desde el gélido y ventoso, en su extremo inferior, hasta el más caluroso y tropical, en el superior. La sección norte incluye a Venezuela, Colombia y Ecuador; la central, a Chile y Perú, y la sur, a Argentina y Chile.

En este último tramo, en los valles laterales resultantes del levantamiento de la tierra, se practica, desde hace 500 años, el viejo arte de elaborar vinos. Debido a la influencia montañosa, los contrastes de temperatura entre el día y la noche potencian las propiedades de la uva para dar vinos expresivos, aromáticos y de gran personalidad.

La magia de Salta

En las alturas de Salta

Del lado argentino, la cordillera genera, en el norte, un silencioso y luminoso oasis, llamado Salta, donde se producen excelentes cepas, entre ellas la blanca Torrontés. Hacia el sur están Catamarca y La Rioja (con condiciones similares) hasta llegar a San Juan,, la segunda zona productora de Argentina. San Juan se caracterizada por escenas que recuerdan un paisaje lunar. De allí proviene un atractivo y jugoso Syrah.

Debajo de San Juan está Mendoza, eje actual de los vinos argentinos y territorio histórico del Malbec. Arriba de sus valles y laderas, la cordillera alcanza sus máximas alturas. Valles de altura, como Uco, acogen las vidas bajo la tutela permanente de los picos nevados del Cordón del Plata y del Volcán Tupungato.

Un solo horizonte

Horizonte sin fin en la Patagonia.

Más hacia el sur están Neuquén y Río Negro (en la Patagonia), donde una vez la cordillera fue majestuosa, antes de desmoronarse y confundirse con la inmensidad en un solo horizonte. Estas dos zonas sorprenden con sus vinos frescos y armoniosos, en especial los elaborados con la uva Pinot Noir.

Al otro lado de la cordillera, en Chile, donde la colonización española también instauró la cultura del vino a partir del siglo XVI, no hay valle que se libre de la influencia compartida de la Cordillera de los Andes y el Océano Pacífico. Esto hace que, en general, la geografía chilena se divida en tres zonas claramente demarcadas: litoral, interior y montaña.

Las cimas del Aconcagua

En el norte chileno, desde Coquimbo hasta Limarí y Choapa, se logran vinos delicados, tanto tintos como blancos. Más hacia el sur, y recostada contra el cerro, está la región de Aconcagua, en el centro del país austral, reconocida por sus opulentos Cabernet Sauvignon y Syrah. Casi en línea paralela hacia el oeste, y remontando la llamada Cordillera de la Costa, surgen pequeños paraísos como Casablanca, San Antonio y Leyda, aptos para prodigar algunos de los blancos más finos del mundo.

En los alrededores de Santiago y hacia el sur, el valle central ha tallado su propia leyenda con zonas claramente demarcadas como Maipo, Cachapoal, Colchagua, Curicó y Maule, ideales para cepas tintas como Cabernet Sauvignon, Carménère y Syrah.

Hacia los confines

Y en el extremo sur, nuevos distritos, como Itata, Bio Bio y Malleco, desafían las lluvias y los vientos, en un horizonte sin fin, para entregar uvas de gran personalidad.

En suma, la topografía austral, tallada por la imponente cordillera del vino, crea un paisaje para nunca olvidar, especialmente cuando su espíritu logra incrustarse en cada botella abierta y en cada copa que se levanta para brindar.