Partamos de un principio cardinal: tomamos vino porque nos gusta y porque nos permite compartir momentos memorables con familia y amigos. Además, nos alegra cuando estamos tristes, nos exalta en tiempos de felicidad, y, por supuesto, resalta nuestros platos favoritos. Adicionalmente, sus múltiples secretos nunca dejan de sorprendernos.

Sin embargo, vale la pena plantear algunas preguntas que siempre flotan en el aire. ¿Puede uno perder el foco al hablar de vinos? ¿Podemos incurrir en una o varias taras que, a la larga, nos impiden alcanzar un mejor disfrute? ¿Estamos asumiendo posiciones que debiéramos revaluar?

Examinemos algunos casos.

Ese vino es muy costoso”. Si pensamos en los márgenes cobrados por la cadena de comercialización de vinos en Colombia, esta es una verdad incuestionable. Cualquier etiqueta vendida en Bogotá, Medellín o Cali es más cara que en Londres, Nueva York o Francfort.  A este tema ya me referí.

Tampoco voy a hablar de los Grand Crus franceses ni de los exorbitantes Supertoscanos, cuyos compradores son magnates, nobles y monarcas. La idea es centrarnos en la oferta habitual de supermercados, tiendas especializadas y restaurantes.

Más allá de fijarse en el precio

Muchas veces nos negamos la posibilidad de pedir una mejor botella porque creemos que, de esa forma, ahorraremos unos pesos. En la mayoría de los casos, las diferencias son marginales. Pero nuestra típica percepción de valor actúa siempre a favor de los menos costosos, sin mediar ninguna otra consideración. Por ejemplo, dejamos de tomarnos un excelente Pinot Noir de Casablanca, La Patagonia o Nueva Zelanda para no desviarnos de los económicos y archiconocidos Cabernet Sauvignon o Merlot de nuestro país de origen favorito.

Mi recomendación es darnos el gusto de probar aquellos ejemplares que, sin desbordar nuestro presupuesto, lucen como subidos de precio. Mi propuesta es establecer una base mínima para luego elegir algunas opciones ubicadas unas pocas líneas más arriba. También es pertinente preguntarle al sommelier o al jefe de salón si esos vinos de mayor valor tienen acogida en el local y si pueden llegar a causarnos una buena impresión. Si ellos hacen su trabajo de forma profesional, seguramente encontraremos una buena razón para ahogar los temores.

“Es mi marca favorita”. Es humano arrimarse al árbol que más cobija. Por tal motivo, nos estancamos en una sola bodega y en un solo estilo, y esa posición es difícil de erradicar. Nos aterra explorar. Resulta curioso: porque si algo tiene el vino es, precisamente, su posibilidad de cubrir territorios, explorar variedades poco comunes y transmitir los distintos estilos de quienes los elaboran. Al limitar nuestra curiosidad, nunca enriqueceremos nuestros recuerdos.

“Me gusta el vino, pero no soy experto”. Ojo: si ya hemos decidido adoptar al vino como compañero de vida, es hora de comenzar a confiar en nuestros sentidos y en nuestra propia habilidad para elegir lo que nos gusta, sin influencias ajenas. Empecemos a darnos confianza y seguridad. Recordemos que disfrutar el vino es una experiencia individual, y ella tiene mayor significado cuando toca nuestras fibras íntimas. Y para ello no necesitamos ser expertos.

“Es un vino muy premiado”. Los premios son una guía, no una verdad revelada. Tanto los trofeos como los altos puntajes son asuntos subjetivos de quienes los otorgan. Es más: ni siquiera hay cohesión entre los mismos críticos. Examinemos el caso de Robert Parker Jr., de Estados Unidos, y Jancis Robinson, de Gran Bretaña. Lo que pondera el primero, suele descalificarlo la segunda, y viceversa. A Parker le encantan los vinos gruesos e intensos, mientras que a Robinson le llaman la atención las expresiones más francas y naturales. Y a nosotros, que tenemos el poder de compra, ¿qué nos gusta? Al final de cuentas, para la bodega, el mejor premio es nuestra plata.

Por eso coincido con el escritor estadounidense Matt Krammer, quien decía hace unos días que algunos de los vinos más comentados en la prensa no siempre encajan en nuestro gusto personal. Muy al contrario: pueden terminar atrapándonos aquellos que se comentan en voz baja, sin ninguna autoridad que los valide.