Michel Rolland, enólogo, consultor y bodeguero francés-

Si uno habla con un hacedor de vinos del Nuevo Mundo, lo más posible es que cite a Francia como su modelo a seguir. Y no hay por qué sorprenderse: desde tiempos romanos, los franceses han sido los vinos más admirados por los consumidores de distintas eras y estirpes, desde reyes, millonarios y famosos, hasta simples entusiastas y bebedores consuetudinarios.

Burdeos, Borgoña y Ródano, por ejemplo, son las denominaciones de origen de mayor recordación y donde tienen sede famosas casas como Cheval Blanc, Mouton Rotthschild, Châtheau Margaux, Château Pétrus, Domaine de la Romanée Conti, y otros más.

Entonces, ¿por qué varios viñateros franceses han decidido echar raíces en suelo americano, desde Oregon, California, Australia, y Sudáfrica, hasta Chile, Uruguay y Argentina?

Para ponerlo en los términos más sencillos posibles, la razón obedece a la necesidad de ampliar horizontes. Las regulaciones vigentes en su país les impiden extender sus viñedos y bodegas, teniendo que conformarse con lo que heredaron de sus antepasados o lo que compraron en vida. Además, se ven obligados a cultivar las mismas variedades de siempre, sin poder experimentar con ninguna nueva.

Por esa razón, los territorios vitivinícolas del Nuevo Mundo los entusiasman. De alguna forma, se acercan a la posibilidad de dar rienda suelta a sus quimeras.

Tomemos los casos, por ejemplo, del famoso enólogo francés Michel Rolland –dueño de importantes châteaux en Burdeos–, quien no sólo se ha asociado con figuras locales del vino, sino que asesora a muchos empresarios locales del sector para mejorar la calidad y complejidad de sus vinos.

Clos de los Siete, un caso particular

Bodegas francesas, instaladas en el Valle de Uco, en Mendoza, Argentina, aportan uvas para la elaboración de este vino colectivo de inspiración gala.

Quizás uno de sus proyectos más conocidos es Clos de los Siete, en el Valle de Uco, la zona más elevada –y costosa—de Mendoza. Allí Rolland ha logrado reunir a seis importantes inversionistas del vino de su país para montar un lugar único: cada uno elabora su propio vino, pero todos aportan uva para darle vida a un vino comunal llamado Clos de los siete.

Entre las figuras que logró entusiasmar están, por ejemplo, Catherine Péré Vergé (reconocida bodeguera de Pomerol, en Burdeos), con Monteviejo. También está DiamAndes, del clan Bonnie, dueño del bordelés Château Malartic Lagraviere. Al otro lado de la puerta de entrada está, igualmente, la bodega personal del propio Rolland.

Entre los vecinos franceses del Valle de Uco figuran, igualmente, François Lurton, Jean Bousquet, John Du Monceau (ex vicepresidente mundial del grupo hotelero Accor), con su bodega Atamisque, y Philippe Subra, de CarinaE.

Los antecesores de todo este fenómeno fueron grandes nombres o marcas francesas, que terminaron asociándose con conocidas casas vitivinícolas locales para mejorar el perfil de los nuevos vinos.

Unión de dos mundos

En Argentina se recuerda, por ejemplo, a Iscay, un vino de la bodega Trapiche (Iscay significa Dos, en quechua), elaborado, en sus comienzos, por el propio Rolland y el enólogo mendocino Ángel Mendoza. Hoy día, el equipo técnico de Trapiche cuenta con la habilidad suficiente para elaborar su propio Iscay, sin la firma de Rolland.

A una escala mayor está el grupo mundial Pernod Ricard, inversionista directo en tres bodegas argentinas como Etchart (Salta), Graffigna (San Juan) y Balbi (San Rafael, al sur de Mendoza).

Franceses de tradición en América

Otros dos proyectos franco-argentinos de trascendencia son Cheval des Andes –producto del trabajo conjunto de la clásica casa Cheval Blanc, de Burdeos, y Terrazas de los Andes, de Argentina–, así como Caro, hecho a cuatro manos por las familias de Nicolás Catena (argentina) con Domaines Barons de Rothschild Lafite (francesa).

Los Rothschild, en Chile

La fama de los Rothschild echa raíces en el Nuevo Mundo.

En Chile, al otro lado de la cordillera, quizás la más destacada alianza es Almaviva, creada por Viña Concha y Toro y la casa bordelesa Barón Philippe de Rothschild. La misma firma entabló un acuerdo similar en el Valle de Napa, en California, con la familia de Robert Mondavi, para dar origen a la marca Opus One. Barón Philippe de Rothschild también elabora en Chile la marca propia Escudo Rojo.

Y en el mismo país suramericano la empresa bordelesa Domaines Barons de Rothschild Lafite también es propietaria de Viña Los Vascos, muy conocida en Latinoamérica. Otra de las nuevas inversiones francesas en Chile es Laroche Chile, filial de la compañía del mismo nombre, con sede en Chablis, Francia.

La mano de obra francesa (enólogos, viticultores y ejecutivos) también está asociada a muchas empresas del Nuevo Mundo, dando rienda suelta a lo mejor de dos mundos: por un lago, la experiencia y la tradición, y, por el otro, el clima, el futuro y la modernidad.