Hacer predicciones suele ser un oficio de pitonisas, especialmente cuando se trata de anticipar el comportamiento futuro de los humanos. No hay nada más difícil que embarcarse en ese terreno. A casi todos nosotros nos encanta vivir el presente y no solemos entregarnos a la tarea de pensar con anticipación, y menos cuando se trata de vinos. Nos gusta destaparlos y disfrutarlos, sin demasiados prólogos ni epílogos.

Por eso es que, cuando nos enfrentamos a la tarea de adelantar el calendario, preferimos mirar en dirección contraria para no tener que pensar como adivinos.

Así y todo, las experiencias pasadas nos indican la dirección de nuevos caminos, que me gustaría compartir con ustedes en este cierre decadal del nuevo milenio.

Chile

Empecemos por Chile. Por muchos años, este país suramericano se dedicó a elaborar vinos “buenos, bonitos y baratos”, metiéndose en la condenatoria camisa de fuerza de vender “mucho, a bajo precio”. Tal ha sido el costo negativo de esta manera proceder y actuar, que a muchos destacados proveedores de vino del país austral les cuesta trabajo pedir una mejor retribución por sus buenos vinos, porque, simplemente, el mercado no les cree. Todos estamos acostumbrados a mucho volumen y poco valor.

Pero si cualquiera de nosotros se acerca a una tienda de vinos en Santiago, podrá observar la oferta inusitada de variedades y estilos, presentadas en elegantes botellas, con marcas y etiquetas inexistentes hace algunos años. Podría uno decir que, más que un supermercado de vinos, Chile se encamina a ser una exclusiva boutique, muy preparada para hacer brillar los valores de la diversidad.

Con climas cálidos, templados y fríos, cerca o lejos del Océano Pacífico o de la Cordillera de los Andes, los viñedos chilenos están aprendiendo a valorar la riqueza de las diferencias.

Hasta ahora, Chile se ha caracterizado por sus archiconocidos Cabernet Sauvignon, Merlot, Carménère, Chardonnay y Sauvignon Blanc, pero ahora podemos tomar de las estanterías interesantes Syrah, Carignan,  Pinot Noir, Riesling y Gewürstraminer. Y si a esto le agregamos el aporte variado del clima y el suelo, tenemos un rico potencial de experiencias por descubrir.

Argentina

Al contrario de Chile, Argentina ha concentrado su actividad vitivinícola en la cepa tinta Malbec, y en la blanca, Torrontés. A algunos les puede parecer un espectro bastante estrecho, pero la estrategia de poner al mundo a pensar en dos variedades que ningún otro territorio produce con maestría le está trayendo muchas recompensas. El gurú estadounidense Robert Parker Jr. anticipa que el Malbec será uno de los grandes fenómenos de la vitivinicultura de todos los tiempos. Dice, por ejemplo, que hacia 2015 el mundo se quitará el sombrero ante las alturas de calidad y estilo que alcanzarán los Malbec de un país con 3.000 kilómetros de corredor vitivinícola, en el que una misma variedad puede tener expresiones de altura y latitud únicas.

De manera que para comercializadores y consumidores, el reto será poder distinguir los Malbec de distintas procedencias y poder, a su vez, transmitir esta virtud a sus sentidos del gusto y el olfato.

Parte de la magia del Malbec se hará manifiesta el próximo 17 de abril, cuando se celebrará, en todas las grandes capitales del mundo, el Día Mundial del Malbec. Por otra parte, los encantos aromáticos y gustativos del Torrontés –la cepa blanca argentina– también comenzarán a encantar a los consumidores del mundo, especialmente a los latinoamericanos, pues muchos platos caseros desde México hasta la Patagonia se potencian con una cepa que acompaña muy bien las comidas ligeras tan bien como las picantes.

La tapa rosca

A pesar de la reticencia de algunos consumidores, la tapa rosca seguirá abriéndose paso en los lugares más exclusivos, especialmente con los vinos de consumo rápido. El corcho se reservará para los vinos de casta.

España, la  nueva meca

A pesar de haberse estancado por varias décadas, España está mostrando una enorme adaptabilidad a los nuevos tiempos, basándose, curiosamente, en su riqueza histórica. Muchos productores están desechando la tecnología de punta para retomar las tradiciones del pasado y las variedades milenarias peninsulares. Aunque la Tempranillo seguirá reinando, la Garnacha y la Monastrell serán las nuevas estrellas.

Más fruta y menos madera

A medida que los consumidores se muestran más interesados en los productos naturales, es un hecho cada vez más sentido que preferirán los vinos jóvenes y frescos antes que los añejados por largos años en barricas de roble. Si bien la madera aporta profundidad y complejidad, su exagerado uso corre el riesgo de estandarizar los estilos y opacar los orígenes.