Expandir las fronteras del vino no es una ocurrencia cotidiana, ni siquiera en países con larga tradición con la bebida. Nunca el tiempo, el clima o la naturaleza marchan a la par con el profundo deseo de correr el alambrado. Siempre transcurre un tiempo lento e inquietante antes de que eso ocurra.

En la búsqueda de nuevos territorios hay varios y complejos aspectos a tener en cuenta. El primero de ellos es la elección del lugar. Si hablamos del Hemisferio Norte, cualquier emprendimiento debe estar ubicado entre los paralelos 30 y 50 (o sea, las líneas de latitud paralelas al Ecuador). En el Hemisferio Sur, los límites se ubican dentro de la franja de los 30 y 40 grados. Son franjas que los expertos denominan “zonas cálidas con estaciones claramente definidas”.  Por fuera de ellas, como en el trópico, las parras crecen y dan uvas., pero sus frutos nunca desarrollarán las características suficientes para hacer vinos memorables, amén del hecho de que el trópico induce a la planta a dar 2,2 cosechas al año, cuando la vid está programada, genéticamente, para dar una sola.

Una vez elegido el lugar de plantación, también hay que cerciorarse de la composición del suelo: si es arenoso o pedregoso, si posee nutrientes, y si exige irrigación o si se beneficia de napas subterráneas. Igualmente, deben estudiarse otros aspectos como ciclo climático, altitud, latitud e inclinación del terreno, así como la presencia de plagas, la orientación solar, el contraste de temperaturas entre el día y la noche y la amenaza de heladas, niebla, humedad o  extrema sequedad.

Sueño a largo plazo

Ahora bien: suponiendo que estas variables (que no son todas) están del lado del conquistador de nuevos territorios, éste se verá obligado a hacer pruebas con distintas variedades para establecer cuál o cuáles pueden dar lo mejor de sí en la zona elegida.

El proceso puede tardar años y de pronto décadas, pues las parras sólo dan uvas dignas de convertirse en vino alrededor de tres años después de plantadas. En realidad, sólo alcanzan su estabilidad a los diez años, y puede ocurrir, como en efecto ha sucedido, que la variedad escogida no sea la indicada, y, en consecuencia, haya que repetir el trabajo.

Nuevas fronteras europeas

En el llamado Viejo Mundo, o sea, Europa Occidental y sus alrededores, la tarea se hizo hace varios siglos , aunque, de vez en cuando, aparecen sorpresas. En España, por ejemplo, han surgido últimamente a Alicante, Navarra y Jumilla, entre otras.

En Suramérica, han saltado a primer plano, en los últimos 15 o 20 años, nuevos paraísos como Casablanca, San Antonio y Leyda, en Chile, 0 Neuquén y el Valle de Uco, en Argentina. En relativamente poco tiempo, estas nuevas áreas no sólo han alcanzado fama y fortuna, sino que continúan sumando adeptos. En gran parte, ello obedece a la propia búsqueda insaciable del consumidor contemporáneo, que ya no se conforma con probar lo mismo de siempre, sino que exige nuevas experiencias en términos de lugar de origen, sabores, aromas y estilos.

En el sur del continente, el proceso de expansión aún está en pleno furor, y, por tal razón, los conquistadores de nuevos territorios han comenzado a incorporar regiones que, en el pasado, poco o nada tenían que ver con la bebida.

En las goteras de Buenos Aires

Es el caso de Médanos, al sur de la provincia de Buenos Aires. Esta territorio estaba consagrado, en el pasado, a la producción ajo y pastizales para ganado. Pero, de repente, comenzó a sorprender con unos vinos bastante bien logrados. Es la única zona austral con exposición al Océano Atlántico. Recordemos que las siete regiones vitivinícolas argentinas vigentes están a los pies de la Cordillera de los Andes, a más de 1.000 kilómetros del mar. Algunos dicen que el microclima de la zona es muy parecido al de Burdeos, en Francia.

Otro punto geográfico de creciente trascendencia es Sierra de la Ventana, a 100 kilómetros del mar, e insertado también en la Provincia de Buenos Aires. Su clima, suelo y condiciones climatológicas recibieron el beneplácito del enólogo francés Michel Rolland, quien la asemeja a algunas regiones de Francia. Se diferencia de Mendoza en que llueven anualmente 900 milímetros, mientras que  en la tradicional  meca del vino argentino caen sólo 100.

Vinos porteños

Entre algunas de las bodegas de ambas zonas sobresalen Saldungaray, Pampas Estate, Cerro Colorado y Domaine Al Este (asesorada por Alberto Antonini, el mismo de Altos Las Hormigas, de Mendoza).

Así que en su próximo viaje a Buenos Aires no sólo se deje embrujar por el tango, los restaurantes y la belleza arquitectónica de la ciudad. Ahora tiene vinos de los alrededores, una ocurrencia impensable en el pasado.  Falta ver cuánto convencen a los exigentes paladares internacionales, pero Al Este ya ganó una medalla de plata en el concurso anual de la revista inglesa Decanter. Y eso ya marca un buen comienzo.