Para muchos, la marca Santa Rita ha estado presente en sus mentes desde mucho antes del actual boom del vino en los países latinoamericanos.

En aquellos días, las estanterías de los supermercados —y algunas cartas de vinos de los pocos restaurantes de categoría— exhibían con orgullo sólo dos o tres etiquetas chilenas, entre ellas Cousiño Macul y Casillero del Diablo (amén de varias españolas).

Obviamente, entre los clásicos de Santa Rita figuraba en primerísima fila Casa Real Resereva Especial, uno de los estandartes de esta bodega fundada a las afueras de Santiago, hace 130 años.

El bien recordado 120

Pero quizás el vino con el que muchos nos hicimos adolescentes y mayores en el  mundo del vino fue el 120, que lo recordamos por sencillo y franco, y, ante todo, por bajo de precio. Muchas veladas universitarias, con un lomo al trapo en la chimenea, se amenizaban con 120,  mientras que, en el salón vecino, los papás y los abuelos se deleitaban con el Casa Real.

La relación entre Santa Rita y Colombia nunca ha perdido intensidad, al punto que el país se ha convertido en el principal mercado latinoamericano para la bodega, por encima de gigantes como Brasil y México.

Sin embargo, en la medida en que comenzaron a llegar nuevas bodegas chilenas, argentinas y de otras latitudes, los vinos de Santa Rita comenzaron a perder lustre.

Cambio de piel

“Sabíamos que teníamos que renovarnos, porque si hubiéramos decidido focalizarnos exclusivamente en el mercado de los adultos, es muy posible que ya hubiéramos desaparecido”, dice Antonio Gauci, gerente de mercadeo de Santa Rita. “Para mantenernos vigentes en este nuevo entorno, iniciamos un proceso de cambio de imagen que nos permitiera seguir siendo atractivos a las nuevas generaciones, sin cambiar, obviamente, nuestra esencia”.

La esencia a la que se refiere Gauci no es otra cosa que, sin dejar de ser una marca del Nuevo Mundo, Santa Rita se ha mantenido fiel al principio de calidad, tradición y elegancia, que, a su vez, le ha permitido alcanzar, más de diez veces, el título mundial de la “Bodega del año”. Todo esto sin mencionar que la encantadora Cecilia Torres, quien ha actuado como cabeza enológica de Santa Rita, también ha sido reconocida como la “mejor enólogo” de Chile (entre hombres y mujeres).

La nueva familia

Además del cambio de imagen en todas sus líneas, Santa Rita ha ido más allá y ha creado nuevas etiquetas.  “Entendimos  que el consumidor busca novedad en cada nivel de precio, y eso es lo que hemos hecho”, agrega Gauci, quien recientemente visitó Colombia con su colega Francisca Muñiz para presentar las futuras novedades en el mercado colombiano.

Personalmente, me han llamado la atención Pehuén, Triple C y Floresta, que no sólo acompañan a Casa Real en el solio de los grandes vinos de esta firma, sino que incorporan en su contenido uvas provenientes de las nuevas zonas prémium de Chile, como Apalta, Casablanca y Leyda.

El Pehuén, por ejemplo, se ha propuesto elevar el Carménère, la uva emblemática chilena, a nuevas alturas Con un leve toque de Cabernet Sauvignon en su composición (5%), Pehuén pone de relieve las características frutadas y ligeramente herbáceas del Carménère, pero con la virtud adicional de provenir de Apalta, en el Valle de Colchagua, de donde provienen algunos de los nuevos clásicos chilenos, como Montes y, Casa Lapostolle. Es un vino profundo y sorprendente.

El encantador Floresta

El Triple C (Cabernet Franc (55%)-Cabernet Sauvignon (33%)-Carménére (15%) intenta atrapar al consumidor al sumar las virtudes de estas tres variedades de uva, y lo consigue. Es provocador, sin dejar de ser formal.

Pero si quisiera poner mis fichas en uno de los vinos con mayor futuro de Santa Rita, yo diría que se trata de Floresta, una línea constituida por dos vinos: un Cabernet Sauvignon, de Apalta, y un Sauvignon Blanc, del Valle de Leyda.

Bueno, y poco hay que agregar sobre del icono de la viña, el siempre clásico Casa Real Reserva, un vino de corte francés,  elaborado con uvas del Alto Jahuel, sede tradicional de esta casa. Es concentrado, maduro, elegante y expresivo, digno de momentos para recordar.

Un escalón más abajo encontramos a Medalla Real Gran Reserva, que se presenta frutado y fresco, sin perder intensidad ni estructura.  Esta etiqueta cobija a un Cabernet Sauvignon, un Carménère y un Pinot Noir. Debo decir que este último atrapó mis sentidos.

Y luego viene el 120, en dos presentaciones: el Reserva Especial y el Tres Medallas. Adornados con etiquetas contemporáneas, en ellos la novedad radica en la ampliación de variedades. Están, por supuesto, el Cabernet Sauvignon, el Sauvignon Blanc y el Chardonnay, pero también ofrecen Carménère, Syrah y Merlot, entre otras cepas.

Es un panorama que, sin duda, difiere del reinante hace 15 o 20 años, cuando el portafolio de 120 era acotado y algo aburrido, y el Casa Real Reserva estaba reservado para otros bolsillo y edades.

Hay que reconocer que, a diferencia de otras bodegas suramericanas y europeas (que se han hundido por su negación al cambio,) Santa Rita ha decidido rejuvenecerse, sin dejar de ser centenaria.