Los vinos europeos se diferencian de los del resto del mundo en varios aspectos. Por ejemplo, en la uvas que los engendran, en los climas que los moldean y en los suelos que los nutren. Casi sin excepción, todos están atados a un único e inamovible lugar de origen. Hay otros, además, que conforman un matrimonio indisoluble con sus terruños, llegando a tomar de ellos su identidad. Lo hacen hasta el punto de haberse convertido en vocablos genéricos como Oporto, Jerez, Champaña, Cognac o Chianti. En algunos casos, como en Italia, los vinos derivan sus marcas de unir el lugar de origen y el apelativo de la uva.

Este panorama, obviamente con sus variantes, se repite en España, Francia, Portugal, Alemania, Hungría y otros países europeos. Conocerlos nos permitirá darles a nuestras etiquetas favoritas su justa dimensión y trascendencia.

Hoy empezaremos por Italia, ese ilustre desconocido entre los consumidores colombianos, que merece tanta atención como Francia o España. Italia es el principal productor de uva del mundo. Quizás esa exuberancia haya sido la responsable de levantar una barrera difícil de remontar. Pero tal vez una corta inmersión en algunos de los más ilustres terruños nos permitirá acercarnos un poco más al país que los antiguos llamaban Enotria, o sea, la “tierra del vino”.

El Barolo

Considerado el vino más prestante de Italia, el nombre el Barolo proviene de una comuna de la norteña región de Piemonte, en el noroeste de la peninsula. Su columna vertebral es la uva Nebbiolo. Hasta el siglo XIX, el Barolo fue un vino dulce. Pero gracias al trabajo de aristócratas locales como Camilo Benso, conde de Cavour, y de su asesor, el enólogo francés Louis Oudart, last técnicas de producción mejoraron sustancialmente, hasta lograr un vino seco, intenso y elegante. Por mudho tiempoe, el Barolo fue el vino preferido de la nobleza de Turín y de otras ciudades europeas. Tanto así que llegaron a catalogarlo como “un vino de los reyes y un rey entre los vinos”. De gran contenido tánico (o sea, de un enorme potencial de amargor y acidez), el Barolo ha experimentado cambios en los métodos de elaboración para acercarlo al paladar de los consumidores actuales. Los tradicionalistas hablan de una pérdida de su esencia, pero lo cierto es que el “nuevo” Barolo ha podido trascender las fronteras italianas y fascinar a entusiastas de todos los rincones del mundo. En la mesa, es buen compañero de carnes de larga cocción,  pastas con salsas pesadas y contundentes rissottos.

Chianti

Junto con el Barolo, el Chianti es otro de los grandes vinos de Italia. Toma su nombre de las colinas de Chianti. Dada su popularidad, la producción de este vino se ha extendido a otras poblaciones de la histórica región de la Toscana, entre las que se destacan Rufino, Florencia y Siena. Estas dos últimas están asociadas al reconocido Chianti Classico. En cualquier caso, su identidad está íntimamente ligada a la uva Sangiovese. Como ocurre con muchos vinos de renombre  mundial, el Chianti presenta altibajos en su intensidad, concentración y calidad. Para aquellos que quieran lo más destacado, la mejor alternativa es el Chianti Superiore, que se produce bajo altos estándares de control y exigencia. En la mayoría de los casos, el Chianti presenta un alto nivel de acidez natural, lo que permite ensamblarlo, casi a la perfección, con los platos italianos preparados con tomate. Es una fusión es perfecta.

Amarone della Valpolicella

Al este del lago Garda yace la zona vitivinícola de la Valpolicella.  Después de Barolo y Chianti, los vinos de la Valpolicella ocupan un lugar preeminente en la historia vitivinícola italiana. Para su elaboración se utilizan uvas pasificadas (casi secas) de las variedades Corvina, Veronese, Rondinella y Molinara. A pesar de que la zona elabora tintos que van de dulces a secos (muchos de ellos suaves y ligeros), el más significativo y afamado vino de la Valpolicella es el Amarone, caracterizado por su gran cuerpo y estructura.  El principal eje cultural, economíco y social de la Valpolicella es la ciudad de Verona, donde transcurre la obra Romeo y Julieta, del dramaturgo ingles William Shakespeare. Un vino de este tipo exige platos pesados y contundentes.